Jaime Incer*
El calendario escolar que actualmente rige al año lectivo, comprendido entre los meses de febrero y noviembre, fue establecido a finales de la década de 1960 con el propósito de hacer coincidir las vacaciones de verano con la época de cosecha del algodón y café, aduciendo que los niños desertaban necesariamente de la escuela en ciertas zonas rurales para acompañar a sus padres en las labores de recolección agrícola.
A causa de esa medida quedaron las vacaciones grandes ubicadas entre los meses de noviembre y febrero, según se dijo para favorecer al modelo agro-exportador, pujante en esa época, sin que el concepto del trabajo infantil tuviese entonces reparo alguno, u objeciones similares a las aducidas hoy en día en contra de dicha práctica. También se pretendía con ella ajustar el calendario escolar al resto de Centroamérica, no obstante que en aquellos años, al igual que en el presente, muy pocos alumnos de Nicaragua se mudaban para estudiar la primaria o la secundaria en los países vecinos y viceversa.
El calendario escolar ha continuado inamovible por tres décadas, más por inercia que por conveniencia, aunque ya no es económicamente tan “justificable” como se pretendía antes. El calendario actual obliga a estudiantes y profesores a asistir a clases en marzo, abril y parte de mayo (con la salvedad de la Semana Santa), que es la época más calurosa y sofocante del año.
En efecto, en el lapso de dos meses, a partir de 21 de marzo (equinoccio de Aries) y especialmente en la segunda quincena de abril (paso cenital del sol sobre Nicaragua), la temperatura ambiental aumenta considerablemente. En horas de mediodía y tempranas de la tarde el termómetro a la sombra supera la marca de los 35 grados centígrados en todos los lugares del país situados a menos de 500 metros sobre el nivel del mar, zona climática donde habita el 70 por ciento de la población nacional.
Aun la región de Matagalpa, Jinotega y Las Segovias, que antiguamente era considerada como “fresca”, está hoy sometida a dramáticos cambios climáticos a consecuencia del calentamiento global del planeta y las condiciones atmosféricas locales provocadas por la deforestación y las quemas agrícolas que sin ningún control se intensifican en esa época del año.
Como resultado del calor agobiante que impera en las semanas previas a la llegada de las lluvias, maestros y alumnos tienen que sufrir el bochorno del día, agravado por la falta de ventilación en las aulas, que por lo general resultan pequeñas y abarrotadas por la siempre creciente demanda escolar.
Es obvio que las sofocantes condiciones climáticas entre marzo y mayo repercuten en forma negativa en la calidad de la enseñanza impartida por los profesores y en la capacidad de aprendizaje de los estudiantes.
Por las razones expuestas, sería conveniente que el Ministerio de Educación considere seriamente la reforma del calendario escolar, de modo que a partir del 2004 el año lectivo se extienda —tal como lo fuera inicialmente— desde mediados de mayo hasta principios de marzo del año siguiente, dejando las vacaciones grandes para la época más cálida del verano, además de un corto asueto entre los dos cuatrimestres y otro en la época navideña, manteniendo así los 200 días lectivos del calendario por los años siguientes.
Otra ventaja del nuevo calendario propuesto es que la Semana Santa no interrumpiría el ciclo escolar, ya que las fechas de su más temprano inicio (Domingo de Ramos, 16 de marzo de 2008), y su conclusión más tardía (Domingo de Pascua, 24 de abril de 2011), siempre quedarían dentro del período de las vacaciones de verano.
Creo oportuno, ahora que el ministro doctor Silvio De Franco impulsa con visión de modernidad la reforma del obsoleto e inconveniente sistema educativo actual, que el Ministerio de Educación adopte un calendario escolar más acorde con la realidad ambiental del país, en beneficio de los educadores y provecho de los educandos, previa consulta y consenso con los propios profesores, padres de familia y alumnos que de seguro apoyarían mayoritariamente la idea.
* El autor es ex profesor del Instituto Ramírez Goyena y
ex catedrático de la UNAN.