Eduardo Enrí[email protected]
Hay cosas obvias en este cierre de la radio arnoldista La Poderosa. La primera es que el gobierno buscó cualquier excusa para cerrarla sólo porque no le gustaba lo que ahí se decía. No fue problema de licencias ni de requisitos legales.
La segunda es que fue un golpe a la libertad de expresión. Igual de grave porque el gobierno en el que muchos nicaragüenses han depositado sus esperanzas para que enderecen las cosas ha dado un duro golpe a una libertad básica, con el mayor de los desparpajos.
Pero creo que los periodistas hacemos mal en quedarnos en la superficie del análisis. En condenar lo obvio, que no por eso es menos condenable. Creo que debemos profundizar sobre el fenómeno de la radio La Poderosa, que no es invento del arnoldismo pero sí debemos entenderlo.
Antes de seguir adelante, quiero separar las cosas. Un hecho inquebrantable es el derecho de la gente a expresar su opinión —tratando siempre que sea dentro de las normas de educación— y otro lo que se hacía en La Poderosa, y otros medios controlados por el arnoldismo, en nombre de la libertad de información o libertad de prensa.
Los políticos, que como siempre actúan como comercial de jabonería tratan de venderse de la mejor manera y dicen que ellos prefieren el libertinaje a la represión, cuando se trata de temas de libertad de expresión. Eso está bien para ellos, y tal vez incluso para el resto de la sociedad, pero no para nosotros. Los que hemos escogido este oficio (no necesariamente profesión) para ganarnos el pan, debemos de entender claramente nuestra función, si queremos llamarnos periodistas.
Mucha gente ha salido a condenar el cierre de La Poderosa como una maniobra política del gobierno, como una agresión a la libertad de expresión y a la libertad de prensa. En los primeros dos casos tienen razón. En el tercero, no creo. Es que mucho se habla de la libertad de prensa y nada de su inseparable compañera, la responsabilidad.
En el libro Ética para Periodistas, los colombianos María Teresa Herrán y Javier Darío Restrepo dicen que “la información es un bien social, no un simple producto, e impone al periodista una actuación conforme a su conciencia ética… el periodista es responsable en primer lugar ante el público al que se dirige y sólo en segundo y tercer lugar ante los poderes públicos y su empresa”.
La pregunta clave es: lo que salía de La Poderosa, ¿era en realidad periodismo? ¿era eso en realidad información; o más bien desinformación, o como se conocía en los años 80, “agitación y propaganda”?
En lo personal no me puedo considerar colega de una persona que toma la información y la voltea como un calcetín, sin ningún pudor, para servir los intereses de su patrón y peor aún cuando esos intereses son tan nefastos que pasan por encima de la estabilidad misma de un país.
Muchos alegarán que ese es el pan de cada día en los medios de comunicación. Pero siento desilusionarlos. El buen periodismo —que no es lo mismo que el periodismo perfecto— se hace y se está haciendo en este rincón del cuarto mundo. Así que sí es cierto que el gobierno cometió un abuso, sí es cierto que se violó el derecho de los ciudadanos a expresar su descontento, pero no se violó la libertad de prensa, sencillamente porque ahí no se hacía periodismo.