Como es sabido, en Nicaragua los diputados ante la Asamblea Nacional sirven por un período de tiempo igual al del Presidente y Vicepresidente de la República y son elegidos en la misma fecha que éstos. En los Estados Unidos, en donde el Congreso es bicameral y está compuesto por representantes y senadores, no es así. Los representantes son electos por períodos de dos años con posibilidades de ser reelectos. Los senadores, que también pueden ser reelectos, sirven por períodos de 6 años, y cada dos años se renueva un tercio del Senado.
Este próximo 5 de noviembre los estadounidenses acudirán a las urnas para elegir a 435 miembros de la Cámara de Representantes y a 34 senadores. (Asimismo se elegirán 36 gobernadores estatales, y una gran cantidad de otros cargos locales y a nivel de Estado.)
Actualmente en la Cámara de Representantes el Partido Republicano tiene mayoría, y en el Senado el Partido Demócrata tiene una precaria mayoría de tan sólo un voto. La pregunta es: después de este 5 de noviembre, ¿quiénes controlarán el Congreso? ¿Se mantendrá el status quo o uno solo de los dos grandes partidos quedará con el control de ambas cámaras? La mayoría en el Congreso es sumamente importante porque le permite al partido que la tenga controlar las jefaturas de las distintas comisiones que en él existen.
En esas próximas elecciones, que se conocen como de medio término por ocurrir justo a la mitad del mandato presidencial, todo parece indicar que los republicanos mantendrán el control de la Cámara de Representantes y que es posible incluso que recuperen el control del Senado. Al menos eso es lo que sugieren algunos de las más prestigiosos analistas electorales basados en los datos que arrojan las encuestas. Pero, obviamente, todo puede pasar. La carrera está bastante cerrada.
Lo sorprendente del caso es que la tendencia sea favorable a los republicanos a pesar de lo nada bonancible que está la situación económica. Lo normal sería que por ser el Partido Republicano el que detenta el poder en la Casa Blanca, los electores manifestaran interés en castigarlo en estas elecciones, pero, por lo visto, no parece ser ésa su intención.
Los demócratas parecen estarse dando cuenta de eso ahora que sólo faltan 10 días para las elecciones. A lo largo de la campaña han carecido de una agenda económica que le lleve alguna esperanza a la ciudadanía, confiando, aparentemente, en que los electores “tienen que” castigar a los republicanos. Eso se manifiesta en algunos anuncios televisivos en los que pretenden hacerle creer al electorado que la administración Bush es la culpable de todos los problemas que aquejan al país. Sin embargo, los resultados de las encuestas sugieren que los electores no creen en esos mensajes y que atribuyen los problemas a otras razones.
Los demócratas a última hora han salido con una propuesta económica de cinco puntos. El meollo de la propuesta es un incremento en los gastos federales por el orden de los 200 billones de dólares que, para muchos analistas económicos, no tendría ningún impacto significativo en una economía de 10 trillones de dólares.
Pero los demócratas todavía tienen una esperanza. El primero de noviembre —cinco días antes de la elecciones— el gobierno debe hacer público algunos indicadores económicos sobre el crecimiento del PIB y sobre la tasa de desempleo. Ellos esperan que si esos indicadores muestran una desmejora, especialmente el de la tasa de desempleo, los votantes podrían sentirse inclinados a cambiar de parecer y darle el poder del Congreso a los demócratas.
Si eso sucede, el presidente George W. Bush sufriría un serio revés y se alejarían dramáticamente sus esperanzas de ser reelecto por un nuevo período en el 2004. Pero, además, sus posibilidades de impulsar su agenda económica y social en los dos años que le quedan en la presidencia también quedaría disminuida. Es sin dudas por esa razón que últimamente se le ha visto muy activo haciendo campaña por los candidatos de su partido, y pidiéndole a los votantes que le den un congreso “con el cual pueda yo trabajar”. En 10 días más su panorama político personal, para bien o para mal, quedará bastante despejado.