Freddy Potoy [email protected]
“Amigo, un dulce. Amigo, cómpreme un dulce por favor”, repetía un niño en el Distrito Federal, México. Sólo tenía ocho años, había pedido una gaseosa a alguien y se la tomaba mientras caminaba y rogaba que le compraran caramelos. El clima estaba un poco helado y el pequeño andaba sin calcetines y unos zapatos rotos. Sólo tenía ocho años. Eran las 7.00 p.m. Su suéter amarillo no lo protegía mucho del frío nocturno, pero tenía que seguir vendiendo y luego irse a refugiar a algún lugar de esa ciudad.
Mientras la dura realidad sacude a miles de mexicanos como este niño que vendía en la zona rosa del D.F., en las calles se habla de las pocas posibilidades que le ven al presidente Vicente Fox para sacudirse el sólido lastre heredado del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y revertir la difícil situación económica de ese país. Los mexicanos, aunque han aprendido a convivir con la desgracia que les causan los criminales del narcotráfico, éste es un punto que siempre los agobia.
La semana pasada un testigo protegido reveló que uno de los capos que está prófugo de la justicia mexicana, compró a jueces, militares y policías para fortalecer la red de su organización criminal. Al día siguiente, continuaba una noticia sobre la desarticulación de 600 soldados implicados en el narcotráfico.
Sin embargo, la pobreza, la corrupción, la narcoactividad y las tambaleantes economías son una constante en América Latina. El concepto de justicia sólo parece extraído de libros de grandes tratadistas del Derecho o de los discursos de los “consultores” de organismos internacionales que financian la modernización de los poderes judiciales que en términos generales, sucumben a la más descarnada y descarada corrupción.
América Central se ha visto como un manantial de riqueza para organismos y consultores que dicen estar modernizando la justicia, pero la verdad es que no salen de sus oficinas con aires acondicionados para ver otras realidades.
En América del Sur, sólo basta que un peruano recuerde los años de mandato de Alberto Fujimori y que explique cómo sigue ese país, para darse cuenta de lo que sufren sus ciudadanos por la falta de una verdadera justicia. En Brasil, según comentaba el periodista Roberto Cosso, del Folha de Sao Paulo, la corrupción es similar al resto de América Latina.
Mientras yo observaba cómo el niño de los caramelos se perdía entre miles de personas, el periodista de la revista mexcicana Proceso, Ricardo Ravelo, sonrió y me dijo: “No puedes hacer mayor cosa, déjalo que se vaya. Aquí lo que hay que quitar es a esos magistrados que asesoran a las partes en un proceso y cobran una buena lana”.
Me callé y recordé que hay distintas modalidades de corrupción en los poderes judiciales. En Nicaragua por ejemplo, los magistrados viven como “reyes” y se disputan cuotas de poder, mientras las restricciones son para los jueces de Managua y del resto del país. El rostro de la justicia en América Latina es el mismo.