La inteligencia delictiva

León Núñez

Los estudiosos del tema de la inteligencia no se han puesto de acuerdo sobre su definición, y al no haber unidad de criterios para definirla todos los esfuerzos que se hagan en este sentido carecerán de importancia. Actualmente lo verdaderamente importante es estudiar la inteligencia atendiendo a su clasificación.

Antes se medía la inteligencia con la ayuda de tests que abarcaban varias disciplinas y diferentes capacidades. Esta medición con frecuencia no revelaba la verdad, porque el resultado del test, elaborado en forma general, a veces arrojaba que la persona examinada era retrasada mental, cuando en realidad podría tratarse, por ejemplo, de una persona con una inteligencia musical fuera de serie. Son conocidos los casos de grandes científicos que de conformidad con los tests a que fueron sometidos para medir sus inteligencias resultaron tener coeficientes intelectuales muy bajos, casi parecidos al coeficiente que indica la imbecilidad.

Ahora la medición es más concreta; más orientada a un determinado tipo de inteligencia. Hay muchas clases de inteligencia: inteligencia lingüística, inteligencia musical, inteligencia lógica-matemática, etc. Modernamente se está estudiando la inteligencia artificial y la inteligencia emocional con resultados realmente sorprendentes.

Por consiguiente, desde que las diferentes clases de inteligencia adquirieron perfiles propios, se puede decir que casi no existen “brutos” en todas las inteligencias. Algunos serán brutos en una cosa, pero inteligentes en otra. Yo puedo tener un coeficiente muy alto de inteligencia lingüística y tener un bajísimo coeficiente de inteligencia musical.

Modernamente algunos psicólogos de Acoyapa están estudiando un nuevo tipo de inteligencia: la inteligencia delictiva. Esta teoría tiene, entre otros elementos, un principio que es común a todas las demás inteligencias: una persona inteligente es aquella que tiene además de la capacidad de síntesis la facilidad para convertir lo complejo en simple.

Desde el punto de vista de este principio no hay duda que, por ejemplo, don Arnoldo y don Byron son personas inteligentes, pues se dice públicamente que estos señores debido a su capacidad de síntesis consiguieron no andarse por las ramas; no se anduvieron con rodeos, y obviando complejidades innecesarias se fueron simplemente al grano; a los reales.

Pero cuando aplicamos en Nicaragua, en el campo político, la teoría de la inteligencia delictiva nos damos cuenta de la concurrencia de una consideración que no se da por ejemplo en las naciones europeas: en nuestro país los políticos inteligentes para el delito, para que puedan seguir siendo considerados como tales, no deben caer presos. Don Arnoldo es un político inteligente, y lo seguirá siendo mientras no caiga preso. En cambio don Byron al caer preso su coeficiente intelectual bajó de tal manera que dejó de ser inteligente.

Cuando echaron preso a don Byron yo escuché a mucha gente decir: “qué hombre más bruto, tanto tiempo que tuvo para irse…”. En Europa el hecho de caer o no caer preso no afecta el coeficiente de inteligencia. En Nicaragua sí. Don Byron no es bruto por haber supuestamente cometido los delitos por los que se le acusa, sino por haber caído preso.

En Nicaragua, los políticos que roban y que no caen presos son los políticos considerados definitivamente inteligentes —una inteligencia sin retroceso— debiendo distinguirse entre ellos a los superinteligentes, es decir, a los genios. Tanto los inteligentes como los superinteligentes para el delito son tan admirados en nuestro país que no son objeto de ninguna sanción social. Los vemos en eventos culturales y de negocios, en fiestas oficiales y privadas así como en recepciones diplomáticas, con la frente en alto. Los vemos cómo son abrazados o saludados con aprecio y entusiasmo por todo el mundo, es más, la mayoría de esta “clase de inteligentes” hasta tienen negocios comunes con empresarios al parecer honrados, negocios de donde nacen relaciones de gran solidaridad.

Este fenómeno constituye realmente un mal ejemplo, pues la gente observa cómo los políticos que cuentan con la inteligencia para el delito son tratados muy bien, excelentemente bien, en todos los círculos importantes de la sociedad. Y digo que este es un mal ejemplo, un ejemplo gravísimo, porque incentiva la comisión de delitos contra los bienes del Estado, principalmente en aquellos políticos que no son delincuentes, pero que sí son proclives al delito.

Cuando hablamos de los políticos superinteligentes, de los genios para el delito, estamos hablando de mentes privilegiadas, de verdaderas lumbreras del intelecto delictivo. Se trata de los políticos que “robaron como locos” pero que ahora se enfurecen genialmente contra la corrupción de los demás. Se trata de los políticos que en un arrebato de genial descaro o de descaro genial hasta participan en manifestaciones contra la corrupción, exigiendo con gritos de indignación el castigo de los corruptos.

Actualmente la Asociación de Psicólogos de Acoyapa, por las razones expuestas al principio de este artículo, abandonó los esfuerzos tendientes a definir la inteligencia delictiva y está dedicada a diseñar técnicas para su medición. Estas técnicas, una vez depuradas, podrían servir para que individuos que tengan buenos coeficientes de inteligencia para el delito no tengan nunca la más mínima posibilidad de ejercer alguna función pública en este desventurado país.

El autor es abogado y escritor.
Miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  

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