Rafael Ibarguren
Para hablar de la misión, no cederé esta vez a la tentación de citar pasajes de la Sagrada Escritura, documentos del magisterio de la Iglesia o autores espirituales, aunque probablemente sería lo ideal porque daría consistencia a este artículo.
No siendo maestro o ministro sino un simple bautizado —y a mucha honra, dicho sea de paso— auscultaré lo que me dictan los rudimentos que pueda tener de conocimientos y la propia experiencia vivida. Me pondré en el papel de un católico nicaragüense, de esos que constituyen la inmensa mayoría de nuestro pueblo —para no decir la casi totalidad— y desde esa plataforma, opinaré.
En realidad serás vos, amigo lector, que opinarás en cuanto laico bautizado, simple fiel. Me pongo en tu piel, seré tu portavoz. Toma ahora distancia del agobiante quehacer cotidiano y haz de cuenta que al leerme, te estás leyendo a vos mismo.
El envío lo hace la Santa Madre Iglesia, de la cual los cristianos militantes forman parte como piedras vivas. El itinerario está trazado en el Evangelio, especialmente en el sermón de las bienaventuranzas. Está, asimismo, codiciado en los diez mandamientos de la Ley de Dios, que, lejos de ser un conjunto de leyes arbitrarias, constituyen un resumen de la ley natural grabada en sus corazones. Lo señalan los santos con sus vidas ejemplares.
Cuando el agua del bautismo se derramó sobre la frente de los católicos, la misión ya se perfiló con trazos incipientes pero sólidos. Y más tarde, cuando el ministro de la Iglesia otorgó el sacramento de la confirmación, de manera nítida y definitiva los ellos se constituyeron, ya con su pleno asentimiento, en soldados, en apóstoles, en misioneros.
De los niños inconscientes, en el bautismo fueron sus padres y padrinos los que hicieron las promesas por cada uno: renunciaron al demonio y adhirieron a Cristo. Ya con el uso responsable de la razón, recibieron el Espíritu Santo que confirmó en el camino emprendido, haciendo de la misión una especie de ministerio sagrado.
Expongo algunos conceptos elementales, básicos, ligados a la idea de misión:
1) Fue siempre un lugar común imaginar que la misión debe estar dirigida a territorios infieles donde viven paganos o salvaje. Es un error.
En la actual misión que pide la Iglesia, en lo que el Papa ha llamado de “Nueva Evangelización”, se trata fundamental de re-cristianizar nuestros países de tradición católica, de hacer que esa multitud de bautizados que no practican la religión, pasen a integrarse a la vida eclesial.
2) La misión comienza por el testimonio personal que se da junto a terceros, en la familia, en el medio. Se equivocan los que piensan que misionar es principalmente golpear las puertas de las casas, Biblia en la mano. Es claro que, de manera paulatina y orgánica, se puede alcanzar círculos cada vez más vastos en la labor misionera.
Hay que recordar que nadie da lo que no tiene. Se precisa que cada quien se llene primero para después dar. Por lo tanto un trazo importante del perfil misionero es: ser antes que hacer.
3) Para ser misioneros coherentes y fecundos hay que ser humildes. Saberse miserables y limitados, comprender la impotencia radical para el bien sobrenatural por causa del pecado original y actual. Hay que contar con la gracia. Nada de creerse ungido o iluminado.
Se puede lograr esa humildad orando. En el origen de la misión, o mejor, en la génesis de su eficacia está, pues, la oración, esa forma de comunicación con Dios que alimenta y da fortaleza, haciéndo a cada uno capaz de ser instrumento válido aunque indigno.
Oración y recurso a los sacramentos, especialmente a la eucaristía y a la confesión.
4) Por fin, tener conocimientos básicos y argumentos útiles y concisos con los cuales poder justificar lo que se dice o lo que se obra. No hay que ser eruditos ni dictar cátedra. Simplemente saber lo que es la esencia del cristianismo y en base a una experiencia personal alegre y honesta, misionar. Esto, que puede parecer poco, será muchísimo.
Hay que lanzarse pues, valientemente, a la misión y encomendar esa aventura personal a María, Estrella de la Evangelización, madre de la Iglesia y canal bendito entre Dios y la humanidad necesitada.
El autor es miembro de la Asociación de Fieles Laicos “Heraldos del Evangelio”.