Jorge [email protected]
Muchos creyeron que la caída del muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991 —eventos altamente representativos del derrumbe del socialismo real— habían extendido un certificado de defunción definitivo a la idea socialista. Vana ilusión, de la cual, debo decirlo, jamás he sido víctima.
No recuerdo con exactitud cuáles fueron todos los elementos de mi formación intelectual que hicieron que los cantos de sirena del socialismo jamás me sedujeran. No obstante, reconozco que tengo una deuda de gratitud muy especial con el economista austriaco Friedrich A. Hayek. La lectura de una de sus obras, “Camino de Servidumbre”, que hice por primera vez en 1979 cuando recién las ideas socialistas se habían apoderado del poder político en Nicaragua, me terminó de inmunizar en forma definitiva contra el virus socialista. Veinte años después, en 1999, hice una segunda lectura con mucho detenimiento, y debo decir que, con muchos años más de experiencia, la disfruté aún más que la primera vez. Las enseñanzas que contiene ese ensayo guardan un frescor y una validez que no han menguado a pesar de haber sido escritas hace 60 años, y considero que debe ser lectura obligada para todos aquellos que están interesados en los efectos de la injerencia estatal en los asuntos económicos.
Es cierto que a partir del período 1989-1991, la izquierda mundial, avergonzada de sus maestros y huérfana de referentes históricos que pudieran enorgullecerla, se metió dentro de un cumbo por un buen número de años. Pero la idea socialista no murió. Sólo se adormeció; entró en un período de hibernación del cual está saliendo. La razón es sencilla: la idea socialista es la utopía misma, el sueño de lo irrealizable, y se vale de la gran capacidad de olvido de los seres humanos para insinuarse como solución, nuevamente, a los problemas económicos y sociales. Y no se puede negar que ejerce un poderoso atractivo sobre mucha gente, especialmente cuando se vive una situación económica difícil como la actual.
Ahí está “Lula” en el Brasil para probarlo. Es casi seguro que si me tuviera que referir a él en una próximo escrito, pues tendría que llamarlo “presidente Lula”, porque los brasileños parecen empecinados en ponerlo en la casa presidencial en la segunda ronda de elecciones a realizarse el próximo domingo. Pero, ¿qué clase de socialista será Lula? Algunos creen que será un socialista “light” —o vegetariano— porque, según dicen, el Fondo Monetario Internacional no le dejará mucho margen de maniobra. Otros, sin embargo, creen que una vez en el poder sacará las garras y se manifestará como un típico socialista tercermundista, “justiciero” y redistribuidor, al mejor estilo sandinista de los ochenta. Dudo mucho que sea como creen estos últimos.
Lo que sí no pongo en duda es que resurja en Brasil un sistema económico socialistoide y proteccionista, similar al que prevaleció en toda América Latina desde los años cincuenta hasta mediados de los ochenta y que tanto daño le hizo a las economías de la región. Por eso es que al candidato brasileño se le ve “junto y revuelto” con destacados empresarios que no hallan las horas de que llegue al poder para que les extienda el manto protector del Estado a través de aranceles y leyes que los aíslen de la competencia extranjera para su propio beneficio e inevitable perjuicio de los consumidores brasileños.
No cabe duda de que la llegada de “Lula” al poder engallotará a la izquierda latinoamericana que sentirá que ha llegado su turno otra vez. Y si los latinoamericanos empezamos a votar por gobiernos de izquierda, auguro desde ya un largo período de empantanamiento económico y social en un mundo globalizado que vuela y no camina, y que es implacable con los países que no se ponen las pilas.
Por el momento no queda más que cruzar los dedos y esperar a que el socialismo del señor “Lula” sea lo más vegetariano posible para que la economía brasileña logre escapar de un golpe que podría ser devastador. Pero la aspiración de Brasil y de toda América Latina no debería de ser sólo la de minimizar daños, sino la de crecer rápidamente, y si esto último es lo que se quiere, pues bien harían todos los países en mantenerse alejados de las tentaciones socialistas y en abrazar con determinación y constancia una verdadera economía de mercado. En alguna columna futura tendré oportunidad de explicar en detalle lo que quiero decir cuando me refiero a una verdadera economía de mercado.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.