Guillermo Noffal [email protected]
Se opina sobre desarrollo económico aunque no se tenga idea de cómo se lleva a cabo. Es como un cura célibe opinando sobre relaciones matrimoniales.
Los factores fundamentales que influencian el crecimiento de toda economía tradicionalmente aceptados por los economistas han sido el capital, la tierra y el trabajo, pero apareció un Estado que sin tener tierra creció y creció como nunca ningún país en la Tierra lo había hecho, Japón. Ya para entonces los teóricos habían aceptado un cuarto factor del crecimiento al que llamaron tecnología, el que involucra una serie de factores como la organización, la información, el emprendimiento, las leyes, la cultura y quién sabe cuántas cosas más. A donde quiero llegar es al hecho de que todavía no ha sido escrita la última palabra sobre Desarrollo Económico, y lo que nos toca hacer es analizar nuestra posición en el concierto de las naciones y tomar una determinación.
Lógicamente, el factor que más influencia el desarrollo es el hombre, motor y beneficiario del crecimiento. Pero esto no es lo mismo que decir que si no crecemos es porque eso lo “llevamos en la sangre”. En el siglo XXI ya es sabido que más del 99.9 por ciento de nuestros genes son comunes a todas las razas, y el corolario de esa igualdad es que “bajo las mismas circunstancias todos reaccionamos de la misma forma”. ¿Por qué, entonces, el bracero mexicano, supuestamente indolente en el trópico de México, es muy diligente en EE.UU.? ¡No hay mejor trabajador en los EE.UU. que el jardinero mexicano, pero en México es otra cosa! Tenemos que buscar la causa de ese comportamiento tan diferente en otros factores. El clima es universalmente aceptado como uno de ellos, pues si observamos el globo terráqueo vemos que todas las naciones desarrolladas están al norte del Trópico de Cáncer o al sur del Trópico de Capricornio.
Recuerdo que una vez leí en uno de los libros del Reader’s Digest, que los operarios brasileños no tenían ambición, pues habiendo trabajo decidían no trabajar horas extras, pero el autor también observaba que si trabajaban más, poco harían con lo que recibieran porque el pago no era significativo en sus vidas. Es lo mismo que observo en California: los mexicanos saben que si trabajan más podrán ganar $10 dólares más por cada hora de trabajo, y como eso sí hará diferencia entre sus familiares en México, trabajan tantas horas como puedan, mientras tal vez en México opten por pasar el tiempo en ocio, o con su familia, porque la paga no es significativa.
Debe haber otros factores que justifiquen el comportamiento diferencial entre los mismos individuos, además de los apuntados antes, pero creo que ya es suficiente. Es falsa entonces la creencia de que el mal “está en la sangre”, ya plenamente desvirtuada por la Genética.
Enseñaba yo un curso sobre Evaluación de Proyectos en La Paz, Bolivia, en 1966, cuando un ingeniero boliviano me aseguró que los EE.UU. nunca habían sido subdesarrollados. Como no entendía lo que escuchaba, el ingeniero procedió a explicarme que el término “subdesarrollo” es un estado de desarrollo relativo, relativo al desarrollo de las otras naciones, y que cuando los EE.UU. ganaron su independencia ya eran más desarrollados que Inglaterra, la que ya había pasado por dos revoluciones, la agrícola y la industrial. Inglaterra era una de las naciones más desarrolladas del globo y los EE.UU. no sólo habían absorbido todo de Inglaterra, sino que la habían superado como lo demostraron con sus inventos de artefactos de guerra durante la guerra de independencia.
¿Se podría decir lo mismo de nuestro país? En lo más mínimo. España mantuvo una política dual respecto a sus colonias: por un lado declaraba que su objetivo era ganar adeptos a Cristo, y, por otro, el objetivo de las Encomiendas era dar a cada explorador la oportunidad de enriquecerse a costas de los nativos. Nunca existió la idea de hacer progresar a América, sino la de explotarla. Es cierto que los frailes franciscanos construyeron iglesias, misiones y catequizaron, pero el representante laico del reino tenía otras intenciones. La América española, por lo menos la Capitanía de Guatemala, quedó en un estado de subdesarrollo lamentable como lo demuestra, entre otras cosas, la calidad de estadísticas vitales que llevaban en Guatemala durante la Colonia y después de la misma.
Centroamérica nunca ha tenido la oportunidad de superar la Edad de Piedra, pues no tenemos hierro, ni carbono, ni níquel para hacer acero. El estado cultural con que nacimos continúa siendo nuestro statu quo, y, por lo visto, así nos quedaremos, pues, como veremos en el acápite siguiente, pareciera que existiese un esfuerzo coordinado para mantener nuestro estado de subdesarrollo.
Pretender competir con los países dotados de mercado suficiente, del “know-how”, de los recursos necesarios y del clima apropiado es como pedirle a alguien que nació sin piernas, que participe en una carrera maratónica en la que los demás competidores tienen buenas piernas, están bien entrenados y ya llevan 40 kilómetros recorridos.
Antes de pensar en Desarrollo Económico como un concepto universal es absolutamente necesario conocer nuestras propias limitaciones para saber hasta dónde podemos llegar, y solamente después determinar cómo podemos llegar y cuándo podremos conseguirlo.
Coincido totalmente con Jorge Salaverry (“Cultura y Desarrollo”, LP, 8 de octubre de 2002) que no es función del gobierno llevar a cabo el desarrollo, pero las leyes que se dicten son el aceite que permite el movimiento libre de los ejes del crecimiento, o el lodo que atora y destruye sus engranajes. Siguen algunos ejemplos de aceite y de lodo.
1- En aquellos países sin recursos, como lo es Nicaragua, se procura estimular la exportación para tener divisas con qué adquirir los bienes de capital necesarios para el crecimiento. Sin embargo, ¿podría alguien explicarme por qué diablos en Nicaragua se tasa la exportación? Si queremos estancar una actividad tasémosla hasta acabar con ella, pero si queremos que crezca, estimulémosla. Me luce como si alguien de otro planeta instruyó a los líderes de nuestros países para que no creciéramos, y ellos, inocentemente, aceptaron tasar la exportación. Política más antinacional no he visto en mi vida, pero así es y así ha sido desde que abrí mis ojos.
2- En todos los países se estimula la actividad empresarial y se incentiva a todo aquel que trata de iniciar una empresa nueva, pero en Nicaragua se le pone trabas, y hasta hace poco se le pedía 15 por ciento de la inversión, con el resultado lógico de que las empresas nacen sin medios de competir. Si alguien tiene una idea es cuestión de decirle: “Vení, analicemos tu idea y, si es buena, te vamos a ayudar para hacerla florecer”, pero en Nicaragua la idea de gobiernos anteriores ha sido la de matar la gallina de los huevos de oro antes de que ponga un huevo.
3- En los países pequeños, donde el mercado es reducido y, por lo tanto, imperfecto, no es posible tener competencia saludable. Las empresas que requieren capital fuerte no pueden arrancar a menos que el Estado les garantice el monopolio. En esos casos, no queda más recurso que el Estado sea el que goce del monopolio y el que vele por los intereses de sus ciudadanos. Pasarle esas empresas a los extranjeros es equivalente a regalar las ganancias, simplemente es vender patria. Es cierto que la tónica en los países poderosos, donde el mercado es grande y hay suficiente capital para iniciar múltiples empresas, es estimular la competencia, pero transplantar esa tónica a nuestro país para las empresas de envergadura nacional es un suicidio económico a corto plazo.
4- Actualmente los países poderosos nos quieren vender la globalización. En otras palabras, lo que están diciendo es: “Permitime que te venda mis productos, y como vos todavía no has aprendido a manufacturarlos, nunca lo vas a hacer”. Por otro lado, cuando a ellos les aprieta el zapato simplemente se lo quitan, tal como sucedió recientemente con la producción de acero (EE.UU. restringió su importación) y con la venta de productos a Cuba (EE.UU. le prohíbe a los demás países que le vendan, pero ellos ya han comenzado a hacerlo).
5- El Turismo, como todas las actividades, necesita cuidadoso análisis, no simple imitación. ¿Quién va a venir a las playas de Nicaragua proveniente del Sur si pueden visitar las playas de Uruguay, Brasil, o el Caribe? ¿Quién va a venir del Norte si pueden parar en México, en Florida, en Cuba o en Hawai? Si fuéramos a instalar casinos, ¿quién va a competir con Las Vegas, Reno, Atlanta o Barbados? La única posibilidad es que construyamos algo único, algo propio, pero que sea limpio, cómodo, bien atendido y barato. Turismo caro vendrá sólo si los poderosos hacen las inversiones. Mientras ellos no las hagan, ¡ojo avizor, que eso indica que no hay clientela!
6- La educación es indispensable para el crecimiento, pero perseguir una educación universal en vez de una educación dirigida a satisfacer nuestras propias necesidades es educar para beneficio de los países extranjeros. La educación universal es un fin encomiable en sí mismo, pero cuando se dispone de escasos recursos es imprescindible utilizarlos juiciosamente. De no hacerlo así, nosotros sembramos y los países extranjeros cosechan.
7- Los países descapitalizados y con alta tasa de desocupación necesitan de inversión para crear empleos. Lo lógico es que se estimule la inversión, pero los nicaraguas hemos elegido por tres elecciones consecutivas a congresistas que insisten en mantener vigentes las leyes que protegen la rapiña. ¿Quién va a invertir en Nicaragua en esas condiciones? Ni los nacionales ni los extranjeros, exceptuando a quienes lo hagan por razones altruistas en vez de lucro. Mientras Nicaragua mantenga en vigencia las leyes “piñateras”, continuará el desempleo, y con el desempleo, la violencia y la zozobra. ¡Esa no es vida!
El autor es economista.