Hugo Ramón García
Los liberales arnoldistas, es decir los que apoyan y están al lado de la corrupción, con mucha insistencia atacan al sandinismo por la piñata que estos últimos “quebraron” en 1990, a raíz del triunfo de doña Violeta.
Los somocistas agrupados alrededor de Alemán, responden a los ataques contra ellos “cuestionando” a sus adversarios por lo que hicieron en perjuicio de la economía nacional. Está bien que los liberales somocistas se defiendan, pero que no se defiendan con el insulto, recurriendo a la ofensa, sino que sepan defenderse usando aceptables argumentos que respondan a una mejor manera de repeler los ataques recibidos.
El hecho categórico de que el sandinismo después de las elecciones del 25 de febrero de 1990 haya incurrido en graves irregularidades no justifica para que Alemán y sus socios asaltaran al país destruyéndolo económicamente. Por lógica se debe tomar en cuenta que un mal no se rectifica cometiendo otro mal. Se corrige dando el buen ejemplo y Alemán no pudo darlo porque cayó en lo mismo, y cuando un mal se repite no tiene sentido atacar a quien lo ha hecho.
Los liberales somocistas que apoyan la corrupción no tienen autoridad para demandar “pureza” a sus adversarios, tienen primero que “lavar los trapos sucios en casa para limpiar los ajenos o ver primero la viga en el ojo nuestro para sacar después la paja que está en el ojo de los demás”, como reza el precepto bíblico.
Nadie discute ni se pone en tela de duda, que con la piñata de 1990 Nicaragua quedó sumida en una aterradora pobreza de gigantes proporciones, pero esta negativa acción de los sandinistas no le daba autorización al Gobierno “rojo sin mancha” de Alemán para que viniera a caer en los mismos errores y multiplicarle a este asaltado país una crítica situación, muy lejos de corregirla.
Los liberales arnoldistas que apañan los delitos de su “jefe máximo” no tienen moral para juzgar a los sandinistas, ya que cuando se ha incurrido en un mismo procedimiento ilícito no hay razón para calificar mal a los demás.
Las críticas tienen fundamento cuando están apoyadas por el buen ejemplo. Pero si una crítica se hace únicamente porque sentimos el impulso de hacerla, deja de tener valor, y caemos en el error de la necedad, y los liberales arnoldistas no dejan de usar ese estribillo tan gastado criticando con obsoleta pasión lo que no deben criticar.
La historia es sabia porque está escrita en el tiempo que se ha vivido, y es mejor que los críticos de esta época tomen por aliado al silencio para que no les caiga encima el viento de la acusación. No trato en consecuencia de salir en defensa por los sandinistas; lo que censuro sencillamente es que se tire piedras al tejado ajeno, sin medir primero nuestras culpas y fallas volviéndonos “jueces” de otras conductas.
El autor es periodista.