Emilio Álvarez Montalván
Uno de los rasgos más significativos y dañinos de nuestra cultura, es el personalismo, que impregna la mayoría de las transacciones políticas, sociales, económicas e incluso religiosas que realizamos. Ello es producto de instituciones débiles en aplicar la ley.
Además, el personalismo como epicentro del sistema, fomenta la visión de corto plazo, mantiene el parroquianismo, rehúsa la rendición de cuentas, favorece el nepotismo, estimula el fraccionalismo, alimenta el autoritarismo, las argollas privilegiadas y el irrespeto a la ley. En realidad son valores que caracterizaron al siglo XIX cuando predominaba el individualismo (sálvese quien pueda), y no surgía el sentido de pertenencia a una nación y mucho menos a Centro América. Todas esas actitudes ya no nos sirven.
Nuestros partidos por ejemplo, aún funcionan como feudos manejados por caudillos audaces, que estando en apuros negocian entre ellos para mantener privilegios. No actúan como corporaciones públicas con reglas de juego confiables y cuadros renovados, por lo cual preferimos identificarlos por el patronímico de su dirigente máximo: chamorrismo, somocismo, danielismo, arnoldismo, etc., más que por sus confusas ideologías.
Se forja así una co-dependencia caudillo-clientela, en que aquél controla al partido arrastrándolo a su suerte, mientras éste convierte al líder en irremplazable, congelando el ascenso de las nuevas generaciones.
Así por ejemplo el Partido Liberal tuvo que refundarse tres veces a imagen y semejanza del caudillo de turno (Zelaya, Somoza, Alemán) y a su vez el liberalismo ha sufrido tres profundas divisiones causadas por los mismos dirigentes. (1909 con Zelaya; 1989 con la dinastía Somoza y ahora en 2002 con el juicio de desaforación al ex presidente Alemán). La gran pregunta es si el PLC conseguirá quién lo reunifique por cuarta vez.
No obstante, caudillos como Tomás Martínez desempeñaron una función importante al aglutinar a un país proclive al divisionismo. El problema es que al acumular poder se enamoran del puesto y rehúsan bajarse. En realidad el caudillo es una mezcla de cacique y encomendero, poseedor de un carisma que atrae a multitudes delirantes.
Además el caudillo nicaragüense cambió de origen, al pasar de guerrillero heroico a agitador social. Además hoy en día el caudillo vitalicio y todopoderoso está en extinción con la participación ciudadana, conciencia de derechos, prensa libre y mejor nivel educativo. Por lo demás el liberalismo nicaragüense atraviesa una crisis al intentar modernizar sus estructuras y liderato, mientras el sandinismo permanece apegado a una oratoria obsoleta, el conservatismo hiberna y el socialcristianismo flota. En todo caso el presidente Bolaños procura con su mensaje ético remodelar la cultura política, mientras le espera tres tareas simultáneas, 1. Recuperar la mayoría parlamentaria de su partido, 2. Acomodarse con el FSLN para lograr la aprobación de leyes, y 3. Reactivar la precaria economía.
Necesita para ello una estrategia de corto, mediano y largo plazo.
El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.