Jorge Salaverry*
A estas alturas del juego ya casi nadie pone en duda que para que haya más empleos es necesario que haya antes más inversión. En donde todavía queda algún desacuerdo es en cuanto a quién es el que debe invertir. Muchos creen que es el Estado el que debe hacerlo, y, en consecuencia, le asignan a éste la responsabilidad de generar los miles de empleos que necesita la población. A quienes así piensan, lamento decirles que eso no es posible, ya que el Estado —aunque sea lo más austero y honesto del mundo— tiene siempre una capacidad muy limitada para obtener recursos financieros, y, por consiguiente, para invertir y crear empleos. Sus recursos provienen de los impuestos que pagamos los ciudadanos, de los préstamos que le otorgan los organismos financieros internacionales, y de la cooperación de países amigos. Pero por muy abundantes que éstos sean, son siempre insuficientes en extremo como para generar la cantidad de empleos que se necesitan. Y aunque pudiera conseguirlos en cantidades ilimitadas, no nos convendría que lo hiciera, porque acabaría con nuestra libertad.
Sin embargo, la buena noticia es que para financiar la inversión productiva generadora de empleos existe otra fuente de recursos que es prácticamente ilimitada. Es el capital privado. Ese capital, que existe en el orden de billones de dólares, no está controlado por 3 ó 4 instituciones financieras internacionales, sino que está ampliamente diseminado en las manos de miles y miles de inversionistas que desesperadamente —pero con mucha cautela— buscan dónde ponerlo a trabajar. A ese capital es al que los nicaragüenses debemos ponerle atención y buscar cómo atraerlo. Y fijémonos bien, que se trata de atraerlo y no de forzar su llegada. Esto último es imposible. Lo otro no.
Si usted quisiera que todas las hormigas que hay en una habitación se reunieran en el centro de la misma, jamás lo podría lograr a través de gritos, ni de súplicas, ni de órdenes de ninguna especie. Lo único que tendría que hacer es poner un platito con miel en el centro del cuarto para que al cabo de un rato casi todas estén en el lugar que usted quería. Igual sucede con los dueños del capital, con los empresarios, con los inversionistas. Hay que ponerles el platito de miel que, para ellos, está constituido por leyes y reglas del juego claras y estables, gobiernos honestos y sistemas judiciales imparciales y eficientes. Se podrá decir que muchas otras cosas son también necesarias, infraestructura, mano de obra calificada, promoción, etc. Cierto, pero ellas vienen por añadidura. Lo otro es lo básico: es el platito de miel sin el cual las hormigas no caminan al centro del cuarto.
Conviene, además, tener siempre presente que lo que mueve a un empresario a invertir en un determinado país es la probabilidad de obtener una rentabilidad interesante. Y es en este punto donde arrugan la cara quienes quisieran que fuera el Estado el gran inversionista, porque les parece que las utilidades sólo pueden ser obtenidas a través de un sistema de explotación. Esa manera de pensar los hace rechazar la inversión privada, y en especial la extranjera. Es una creencia errada que siempre ha retrasado nuestro desarrollo, y, lamentablemente, queda todavía mucho de esa manera retrógrada de pensar, tanto en nuestro país como en toda América Latina. Tan sólo ayer la veía manifestada en una manta que, además de protestar contra la privatización de los servicios de agua, despotricaba contra el ALCA, el Área de Libre Comercio de las Américas, que está supuesta a ser una realidad en 2005.
Pero siento, también, que cada vez somos más quienes estamos convencidos de que sólo una economía de mercado dentro de un Estado de Derecho puede hacer que mejoren las condiciones de vida de todos los nicaragüenses. Nuestro Gobierno, en la lucha frontal contra la corrupción que ha emprendido, está haciendo su parte. Los empresarios deben hacer la suya. Hoy mismo se está dando en Managua una conferencia regional sobre el tratado de libre comercio de Centroamérica con los Estados Unidos y la inversión extranjera. Esa conferencia, patrocinada por el Caribbean Latin American Action (CLAA), es una excelente oportunidad para que avancemos decidida y rápidamente por la ruta de la prosperidad, y para que los empresarios que nos visitan se den cuenta de que Nicaragua es un país en donde la inversión extranjera será siempre bien acogida para beneficio de ellos y de los nicaragüenses.
* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la Universidad Thomas More.
[email protected]