Myrna Dávila Castellón
“¿Cuándo veré al médico para curarme este intenso dolor de cabeza que sufro hace tiempo? ¿Y podré algún día visitar al dentista para que me arregle esta muela que me está matando? ¿Pero cuándo Dios mío, tendré un día para mí?”. Son preguntas que se hace a diario la angustiada ama de casa quien —desde el alba hasta el anochecer— pasa lavando, planchando, cocinando, limpiando la casa, atendiendo a los niños, al esposo, etc., sin que llegue nunca para ella ese ansiado día.
“¿Cuándo tendré yo también un día para mí?”, pregunta a su vez la niña a su madre, al regresar de clase, pues la esperan también trabajos domésticos que la madre poco a poco ha ido delegando en ella.
“¿Podré algún día jugar con mi muñeca, ya que siempre tengo que “chinear” a mi hermanito, que ya pesa tanto?”
“¿Y para mí habrá un día?”, protesta igualmente la joven estudiante de secundaria, a quien aprisionan también innumerables oficios.
Y es que, aunque una familia conste de muchos miembros, los hijos varones y el esposo no cuentan para nada en la distribución de quehaceres domésticos, multiplicándose todavía más estas labores entre las féminas de la casa por cuanto a mayor número de varones, mayor trabajo para ellas, ya que éstos las obligan también a hacerles sus cosas personales porque no fueron acostumbrados a realizarlas por ellos mismos, sino que tanto la madre como el padre delegaron todo el peso del hogar en los hombros de estas niñas.
Cuántas mujeres de nuestra Patria yacen todavía en la esclavitud y sombra de muerte, sin esperanza alguna de redención porque tienen un esposo fanáticamente machista, el cual —además de no colaborar para nada en las faenas domésticas— no permite que sus hijos varones lo hagan porque —según él— “son machos” y hay que servirles. En estos hogares ellos reciben a diario todas las atenciones y servicios, pues les alistan su ropa, les preparan el alimento tres veces al día, se los sirven a la mesa, limpian la casa, los atienden cuando enferman, etc.; en cambio, el esposo ¿qué hace por su esposa fuera del costo del mantenimiento del hogar? Y los hermanos ¿qué hacen por sus hermanas? Nada, absolutamente nada. ¿Acaso las atienden cuando son ellas las enfermas? ¿Les llevan a la cama los alimentos como hacen ellas cuando son éstos los indispuestos? ¿Las estimulan cuando todo marcha bien en el hogar? Todo esto lo observamos más en el seno de una familia humilde, pues mientras más pobre es un hogar, más esclavizadas están las mujeres por carecer de instrucción media y roce social.
Actualmente, el hombre moderno y civilizado ya ha tomado conciencia y está colaborando en las faenas del hogar, pero es una legión la que falta todavía por enfilarse en esta positiva actitud. Más que el varón, es a la mujer a la que toca despertar conciencia para así mismo despertársela al marido e hijos en aras del bienestar de sus pequeñas hijas. El tiempo de la esclavitud pasó hace muchos años y es necesario que tanto en el hogar como en la Escuela se enseñen estos principios básicos de hermandad, colaboración e igualdad entre todos los miembros de la familia, compartiendo trabajo y descanso, consideración y autoestima, a fin de que las mujeres no se consideren más “objeto de servicio”, sembrando en cada hogar las bases de igualdad para las futuras generaciones.
La autora es secretaria ejecutiva.