Ecracez L’Infame, o Aplastad a la Infame

Conrado Godoy

Muy cerca de Ferney, donde vivía Voltaire, el gran filósofo de la “Ilustración” se encuentra la ciudad de Toulouse, una de las más importantes de Francia. En esa época el clero católico disfrutaba allí de poder absoluto. Eran los días en que había sido revocado el Edicto de Nantes, que había dado libertad de culto a los Hugonotes (nombre que se dio a los protestantes en Francia) y la ciudad festejaba la matanza de San Bartolomé. Por increíble que parezca, ningún protestante podía ser abogado, médico, boticario, tendero, librero o impresor y ningún católico podía tener como servidor a ningún protestante.

Corría el siglo XVIII y ocurrió, nos cuenta la Historia, que Jean Calas, protestante de Toulouse tenía un hijo que se ahorcó al parecer debido a problemas económicos. Había una ley en Toulouse según la cual todo suicida debía ser colocado desnudo sobre un cañizo, de cara al suelo, arrastrado por las calles y luego ahorcado en la picota. El padre, queriendo evitar este terrible escarnio pidió a sus amigos que testificaran muerte natural. De inmediato corrió el rumor de que se trataba de un asesinato, insinuando que el padre había matado al hijo para evitar su conversión al catolicismo. Calas fue encarcelado y torturado, muriendo poco después. Su familia quedó arruinada y fue perseguida, huyó a Ferney y buscó la protección de Voltaire, quien le dio asilo y se asombró de este relato de persecución medieval. Poco tiempo después un joven de 16 años de nombre Le Barre fue apresado bajo el cargo de haber mutilado crucifijos. Sujeto a los más crueles tormentos confesó su culpa, le cercenaron la cabeza y su cuerpo fue arrojado a las llamas mientras la multitud aplaudía.

Igual que años más tarde ocurriría con Zola y Anatole France en el caso Dreyfus, esta injusticia tiránica puso furioso a Voltaire, quien hizo a un lado su filosofía por la guerra, o más bien convirtió su filosofía en verdadera dinamita y fue entonces cuando adoptó su famoso lema “Ecracez L’Infame” (Aplastad a la Infame), para levantar el espíritu de Francia contra los abusos de la Iglesia. Voltaire descargó tal fuego y azufre intelectual que fundió mitras y cetros, quebrantó el poderío del clero francés y contribuyó a derrocar el trono. A esta lucha se incorporaron sus amigos de la “Enciclopedia”, encabezados por Diderot, famoso por su exacerbado ateísmo y anticlericalismo que resumió en su célebre frase: “los hombres nunca serán libres hasta que el último rey sea estrangulado con las entrañas del último cura”.

Cierto o no el anterior relato, nos muestra de manera inequívoca que a través de la historia la Iglesia ha tenido que enfrentar enemigos poderosos, hombres e instituciones, que con o sin razón, han buscado sin lograrlo su total aniquilamiento. Es indudable que la Iglesia, como cualquier organización compuesta por hombres, ha cometido errores y ciertamente seguirá cometiéndolos, algunos de ellos muy graves que la nueva dirigencia encabezada por un gran líder espiritual, el Papa Juan Pablo II, está tratando de enmendar y en algunos casos de compensar. Como sea, es absolutamente esencial que aprendamos a establecer la diferencia, entre la estructura eclesial conformada por seres humanos y por esta condición sujeta a la comisión de ilícitos y la Iglesia como institución intangible, imposible de ponderar por su abstracción, su inconmensurable fuerza espiritual y representatividad. En el primer caso, el elemento humano o material de la Iglesia estará siempre bajo el escrutinio de la sociedad, de manera que una actividad profiláctica efectiva podría lograrse haciendo a un lado a aquellos religiosos a quienes se les compruebe un comportamiento inadecuado, sean éstos curas, obispos o cardenales. La segunda situación nos revela una Iglesia inmune a la crítica, aunque la misma provenga de otras denominaciones religiosas antagónicas, interesadas en arrebatar el liderazgo al catolicismo. En el caso particular de Nicaragua, una ofensa a los sentimientos religiosos de la población (el 80 por ciento profesa el catolicismo), resultaría un agravio imperdonable para quien lo profiera. Ya alguien lo dijo y tal vez convendría no olvidarlo: “la Iglesia siempre ha visto pasar los cadáveres de sus enemigos”.

El autor es periodista.  

Editorial
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