Manuel F. Ayau Cordón
Ciudad de Guatemala (AIPE).- Uno de los graves problemas en las negociaciones comerciales entre países es que los gobiernos subsidian ciertos productos, distorsionando el mercado. Entonces los productores de otros países reclaman que se trata de competencia desleal. Aseveran que están en disposición de competir en un mercado libre, sin interferencias, con reglas claras y recíprocas, con mesa nivelada e igualdad de condiciones, sin restricciones a la importación de productos que compiten con los nacionales.
Hace 30 años, cuando vino a Guatemala el economista chileno Teodoro Fuchs, le preguntaron lo que había sucedido con las industrias protegidas cuando unilateralmente Chile bajó su arancel general a 10 por ciento. Respondió que surgieron nuevas industrias nacionales, antes consideradas como inverosímiles.
Ésa es la respuesta a la legítima inquietud sobre lo que ocurrirá el día que eliminemos las aduanas, pues nadie puede predecir lo que hará la gente. El peor camino es evitar cambios convenientes porque no se sabe con certeza lo que va a ocurrir. Sería presuntuoso pretender saber lo que sucederá cuando se eliminen obstáculos artificialmente impuestos al libre intercambio.
Lo que sí se sabe es que la gente tendrá más libertad, más opciones y será menos pobre. Cuando las autoridades intervienen deliberadamente para impedir que los consumidores opten por una alternativa importada y más barata, obviamente la gente goza de menos recursos para comprar otras cosas. Bajo el libre comercio, la demanda de los productos de algunas empresas desaparece, mientras se dispara la de otras. Asimismo, la actividad fomentada desplazará del mercado de recursos (principalmente capital y tierra) a otras que dejan de ser atractivas, en búsqueda de la mejor utilización de escasos recursos.
No existe en la actualidad un mundo libre de interferencias, con reglas claras y recíprocas, con mesa nivelada e igualdad de condiciones. El cosmos no es ni ideal ni justo: el estado natural del ser humano es la abyecta pobreza; la riqueza es artificial; el universo se caracteriza por infinita variedad de interferencias humanas y de limitaciones naturales, físicas y fisiológicas de toda índole, que al no estar bajo nuestro control tenemos que aceptar. Para satisfacer nuestras necesidades de consumo adaptamos nuestras actividades productivas a las condiciones reales del mundo, en la misma forma como si fuesen impuestas por seres humanos. Como el sol nos regala luz en el día, tenemos que sacrificar escasos recursos de energía sólo durante la noche para tener luz. Los recursos que no tenemos que usar para producir luz diurna los usamos para producir otros bienes y servicios deseados por los consumidores. Lo mismo sucede cuando gracias al libre comercio ahorramos en algunos productos y podemos así consumir otros o ahorrar para el futuro.
El objetivo es consumir; producir es sólo el medio. Igualmente, si los gobiernos de otros países cobran impuestos a sus contribuyentes para subsidiarnos parte de los productos que deseamos, lo debemos aprovechar, de manera de usar nuestros recursos en otras cosas, de las tantas que carecemos. No hacerlo equivaldría a no querer aprovechar de día la luz del sol.
Como poco podemos modificar el cosmos y la política de otros gobiernos, aprovechemos realistamente nuestros recursos según nuestras ventajas comparativas. Si queremos disminuir la pobreza, eliminemos obstáculos artificiales para que nuestra gente tenga más opciones a cambio de menor cantidad de recursos y así liberar recursos para otros fines. No olvidemos que las restricciones al comercio perjudican y van en contra de nuestra propia gente, no de los extranjeros.
* Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
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