Rosa María [email protected]
Septiembre, indescriptible evocación de eventos monumentales a nuestra memoria, genuinamente nicaragüense, traslada. ¿Y cómo no rendirse a los recuerdos cuando desde lejos —o muy de cerca— escuchamos la armoniosa melodía de los instrumentos musicales de una banda estudiantil?, preparándose para la ansiada presentación del histórico 14 de septiembre, cuando los atuendos multicolor y el sol radiante hacen gala de la ocasión, la víspera de un gozoso día… nuestro día, nuestra independencia como nación un 15 de septiembre de 1821, mártir de la ambición enfermiza de las potencias mundiales cuando en el pasado decidieron despojarnos de nuestras preciadas posesiones, y no me refiero únicamente a los metales y piedras preciosas, no, sino a la explotación en todas las esferas psicosociales de nuestros antecesores, al aberrante sometimiento a través de las armas de fuego, la torcida cultura que destruyó los últimos vestigios de una tierra gloriosa, sí, éramos los nicaragüenses. De aquellos recónditos tiempos aún quedan las cenizas de una tierra naciente, con impresionantes conocimientos matemáticos y astrológicos, dogmas religiosos, esquemas sociales, estilos de vida… de la cual aún persiste el espíritu rebelde que seguramente a Karl Marx hubiera fascinado y superado en expectativas… como poseedores de un arraigado valor de la justicia exigimos la supresión de la lucha anormal por la superioridad, que me aventuro a afirmar es un trastorno de la disposición del pensamiento —o actitud— de influyentes personajes internacionales, ¿qué significa?, la ausencia de compasión de quienes en su afán de cumplir sus objetivos arrollan a inocentes, no es el bienestar de otros lo que les preocupa sino la complacencia personal. Once de septiembre… 2001… luctuoso día para quienes somos humanistas, aún cuando en el pasado algunos miembros “distinguidos” de la nación norteamericana actuaron erradamente con nosotros no eran ellos los que viajaban en la prisión metálica de los aviones siniestrados, no eran ellos los que perecían en dolorosa agonía entre los escombros, no fueron ellos los que tuvieron que elegir un cruel desenlace entre el ardiente fuego o el duro asfalto.
En este mes festejamos la independencia de nuestra república y en Estados Unidos el primer aniversario del ataque que marcó un hito en la historia. La destrucción del World Trade Center no sólo asestó una puñalada venenosa a la seguridad de una nación sino reveló su fragilidad pero también su humanidad cuando abandonaron el acartonado y “sofisticado” mundo para ver realmente a un hermano y ser uno en la desgracia.
Reflexiono al respecto y descubro admirada que en ocasiones los seres humanos facilitamos las condiciones para que se presenten difíciles pruebas, ¿un clásico ejemplo? las resoluciones bélicas, sí, una determinación que a su paso ríos de sangre derrama, el soplo de la muerte acompaña y amargas lágrimas que ni el tiempo puede enjugar. Los civiles perecen en las calles y los líderes duermen en sábanas de seda encaprichados en su postura de no ceder en un tratado de paz, sí, como si la vida de los grupos mayoritarios fuera la existencia de un peón en un tablero de ajedrez, aunque si el peón es astuto y ágil en sus movimientos al final de la cruzada encontrará una merecida corona a su valor. Para finalizar, un pensamiento de la ideología de Karl Marx que complemente el ensayo de esta humilde escritora: “Hasta ahora, los filósofos se han interesado en interpretar el mundo. Ahora se trata de transformarlo”.
Estudiante de Psicología