Migdonio Blandón
La crisis actual, que por circunstancias bien conocidas, afecta a gran parte del país, con cierta notoriedad su perfil es de mayor intensidad en la población de menores recursos, ya que al faltar el trabajo, a muchos se les dificulta conseguir lo indispensable para la subsistencia. Aun a quienes llevando una vida ordenada han logrado hacer sus ahorros, si no tienen cómo y en qué trabajar no dejan de preocuparse viendo que día a día se les van reduciendo.
Lo más grave al ver el perfil de la amenazante crisis, es llegar al grado de preocuparse. El que perdiendo la fe en Dios y en sí mismo cae en tal situación, la misma preocupación le nubla el entendimiento y poco a poco va llegando a la desesperación. La mejor forma para evitarlo, es quitar ese dañino prefijo a la palabra preocuparse, ocupándose de algo; y al mismo tiempo orar avivando la fe perdida, sabiendo que como dijo Santa Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta”.
A sabiendas de ello, si los que creemos en Dios tratamos de ajustar nuestra vida a los mandamientos dictados por Él a Moisés en el Monte Sinaí, nada de lo que nos permite esté a nuestro alcance puede faltarnos, siempre que, identificándonos como hijos suyos, acatando su voluntad que es el bien, ejercitemos dones y atributos que como Padre amoroso ha querido dar a todos los seres humanos sin excepción, dejando al propio albedrío la opción de utilizarlos.
Quienes conservando tales dones y atributos que con la vida se nos dan, por egolatría se los adjudican a sí mismos no reconociendo que vienen del Creador, al utilizarlos con fines equívocos y maléficos, revirtiéndose el uso que debía dárseles, han sido los causantes de los graves problemas y crisis frecuentes que se han dado en la historia de la humanidad, los que aún conociendo el daño que hacen impunemente lo toleran, asumen parte de responsabilidad.
Como alguien ya lo ha dicho, cuando cada uno de nosotros los humanos nace, se rompe el molde y no se repite. Asimismo, siendo irrepetibles, no podemos nunca ser iguales, y por la propia naturaleza tampoco nadie en lo humano puede alcanzar la perfección, ya que ésta es absoluta exclusividad del Dios Uno y Trino, que en buena parte concedió a María Santísima al haberla escogido como madre de su hijo, Jesús nuestro Señor.
A sabiendas de nuestras debilidades e imperfecciones, Él, que habiendo venido a redimirnos, se ofreció hace dos milenios como holocausto para salvarnos, se ha quedado en la Eucaristía, para enseñarnos a vivir su doctrina de amor; y tolerándonos errores y múltiples fallas, nos ha venido dando la oportunidad de reivindicarnos y arrepentirnos mientras conservamos la vida, la que solamente Él tiene el derecho de quitarla, efectuando luego a cada quien su juicio inapelable.
Conscientes de ello, si nos aceptamos a nosotros mismos, debemos actuar con cierta tolerancia hacia nuestros prójimos, de manera que dicha tolerancia no se salga del límite aceptable en el marco del orden de las leyes constituidas por la convivencia pacífica; y eliminando prefijos entorpecedores, buscar siempre algo positivo en qué ocuparnos, que si tratamos de vivir como Dios manda, tratando de hacer su voluntad, su ayuda a nadie le falta y siempre hay algo que hacer.
El autor es miembro de EDUQUEMOS.