Aniversario del terror

El día de hoy, llamado con sencillez en los Estados Unidos el 9/11, es para los norteamericanos una fecha muy especial. Hace un año, ese país sufrió en carne propia el más grande ataque terrorista registrado en la historia de la humanidad. Cerca de 3,000 personas, de unas 80 diferentes nacionalidades de origen, que en la mañana del 11 de septiembre de 2001 estaban pacíficamente dedicadas a su trabajo en las ciudades de Nueva York y Washington, perdieron sus vidas a manos de siniestros individuos repletos de odio y de rencor contra esa gran nación.

A pocas horas de ocurrido el cobarde y perfectamente bien planeado ataque, el presidente George W. Bush se dirigió a la ciudadanía con estas palabras: “La libertad ha sido atacada esta mañana por cobardes sin rostro, y la libertad será defendida”. Esa frase sentó el tono de lo que habría de venir. El país comprendió que lo que había sufrido no era una simple tragedia, como puede serlo un terremoto o un huracán, sino un ataque contra su seguridad, un acto de guerra. Rápidamente también, los estadounidenses comprendieron que estaban en guerra, pero en una guerra muy peculiar, porque no era contra otra nación o contra un grupo de naciones, como suelen ser todas las guerras, sino contra un enemigo elusivo: el terrorismo organizado. Estando claro de eso, el presidente George W. Bush intentó preparar al pueblo estadounidense para una larga y complicada lucha.

Un año después, muchas cosas han pasado. Estados Unidos y sus aliados erradicaron y reemplazaron al ultra retrógrado y perverso régimen talibán de Afganistán, por su complicidad con el grupo terrorista Al-Qaeda, que dirige Ossama Bin Laden y que es el responsable de los actos terroristas del 9-11. Está comprobado que ese grupo, que cuenta con inmensos recursos financieros, tiene extendidas sus redes en decenas de países, y que, aunque ha sido duramente golpeado, no ha sido derrotado, y conserva, todavía, una gran capacidad para cometer nuevos actos de terror contra Estados Unidos, país al cual considera un enemigo mortal al cual ha jurado destruir.

Es por eso que resulta perfectamente comprensible que Estados Unidos haya acentuado desde entonces sus medidas de seguridad; una seguridad orientada a defender y preservar el más preciado tesoro de esa nación: la libertad. Pero, como era de esperarse, y precisamente por ser un país libre, se ha generado un gran debate en torno a que si las medidas de seguridad implementadas defienden, o más bien atentan, contra esa misma libertad y contra los derechos civiles de quienes habitan en él. Es un debate válido, en el que están envueltas millones de personas de buena voluntad con diferentes puntos de vista. Sin embargo, hay también enemigos de los Estados Unidos que solapadamente se han insertado en el debate con el nada oculto deseo de lograr que ese país baje la guardia en su lucha contra el terrorismo.

Los estadounidenses aman la libertad y saben valorarla, y por eso no es extraño que estén alertas contra cualquier medida gubernamental que se las coarte indebidamente. Pero el terrorismo es, al mismo tiempo, un enemigo mortal de la libertad. El miedo, que es el arma esencial del terrorismo, no se compagina con ella. De ahí que en este día de conmemoración y de pesar, los estadounidenses se sobreponen a cualquier síntoma de desaliento y renuevan su determinación de luchar hasta las últimas consecuencias por preservar esa tradición que es la esencia misma de su país.

Según la programación anunciada previamente, hoy, durante los actos conmemorativos que tendrán lugar en Nueva York, el gobernador del Estado y el alcalde de la ciudad del mismo nombre, leerán los famosos discursos de Abraham Lincoln, pronunciado en Gettysburg en 1863, y el de Franklyn Delano Roosevelt, de 1941, conocido como el Discurso de las Cuatro Libertades, en un intento por dejar claro en la conciencia y en el corazón de sus conciudadanos, que hay ciertos momentos en la vida de una nación en los que hay que hacer grandes sacrificios para mantener vivo el espíritu que la inspira y la vivifica, que es la libertad, cuyo precio, como dijo Thomas Jefferson, es la eterna vigilancia.  

Editorial
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