La esperanza de un nuevo rostro

Sergio Boffelli

La batalla contra la corrupción es no solamente un hito histórico en nuestro país, sino que una realidad con cada vez mayores posibilidades de convertirse en ejemplo y referencia importante para toda la región. Esto supone llenarnos de sano orgullo, pues finalmente otra cara se vislumbra internacionalmente para Nicaragua y los nicaragüenses, donde no se nos conozca más por estar entre los primeros en la bochornosa lista de países corruptos, sino que se nos distinga como líderes en la promoción de una cultura de honestidad y transparencia, la que además facilite el desarrollo nacional.

Trascendental como es esta ardua labor, es sabido que la misma debe ser integral aplicando —vigorosamente y sin distinción— los principios básicos que la sustentan, y entre ellos que nadie, absolutamente nadie, pueda estar por encima de la ley, la que debe ser aplicada sin consideraciones ni propósitos ajenos a su razón de ser. Lo contrario sería restar legitimidad a los esfuerzos emprendidos y, por si fuera poco, provocar una frustración nacional al menos igual de impactante como las altas expectativas que la mayoría de la población alberga por una nueva dignidad.

La campaña moralizante que Nicaragua vive es como una gigantesca ola que ha ya adquirido vida propia. Ésta es una lucha que trasciende en mucho al Ejecutivo, porque es una lucha de toda una nación harta de abusos y que se muestra decidida a recuperar prontamente el respeto por sí misma. Esta ola con vida propia ofrece la oportunidad de ir sobre ella, avanzando a su ritmo, deslizándose en absoluta armonía con su fuerza. Intentar disimular su existencia, desviar su curso o, peor aún, pretender bajarse de ella, equivaldría a desafiar su potencia e inevitablemente ser arrastrados hacia las costas donde se apiñan los restos de los corruptos. Por eso será siempre incomprensible la obstinada posición de ciertos grupos y personas que aún se oponen, abiertamente o a través del silencio, a la posibilidad de emerger como nación con un auténtico rostro nuevo.

Arrancarnos la suciedad y lavarnos el rostro colectivamente ha debido significar para todos tener primero la honestidad de vernos en el espejo, y reconocer las facciones distorsionadas que nos han impuesto o hemos tolerado. Este proceso de saneamiento se ha podido iniciar, y solamente podrá continuar, si conservamos la terca audacia de encararnos frente el espejo. No debemos tener miedo. La saludable vergüenza es apropiada y necesaria. El miedo, no.

Se ha dicho que este proceso es similar a los dolores de un parto. Y si hoy vivimos los más intensos dolores, es precisamente porque cada vez estamos más cerca del alumbramiento. Por eso no tiene cabida otra consideración que no sea acelerar la labor del parto. Con paciencia y diligentemente la PGR ha hecho su parte, a pesar de sus limitados recursos y los riesgos conocidos. Ahora la oportunidad, y la responsabilidad, corresponde a los administradores de justicia y la Asamblea Nacional, ambos obligados a actuar abrazados a los hechos presentados. A pesar de las especulaciones, prefiero pensar que la verdad y la justicia triunfarán. De lo contrario, no sé cómo podrían justificar abortar la esperanza de un rostro nuevo para Nicaragua, ni cómo resistirían el legítimo reclamo ciudadano.

Vocero de la Procuraduría General de la República.  

Editorial
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