Ganó Alemán y perdió Nicaragua

Jorge Salaverry*

No hay que llamarse a engaño. El round de las reformas tributarias lo ganó Arnoldo Alemán y lo perdió Enrique Bolaños. Pero se trata de una victoria pírrica para Alemán, porque el verdadero perdedor no fue Bolaños, sino toda Nicaragua.

El presidente insistía en que las reformas fueran aprobadas por la Asamblea Nacional antes del 30 de junio, pero Alemán y la bancada liberal controlada por él pusieron trabas e impidieron su aprobación en el plazo requerido, contando para ello con el apoyo del Frente Sandinista. El “triunfo” de Alemán, empero, significa una pérdida real para el país, porque, debido a ello, Nicaragua no podrá asistir en agosto a la reunión con el Fondo Monetario Internacional en la que se firmaría un acuerdo que permitiría la obtención de unos 100 millones de dólares para reactivar la economía.

Se dice que el Gobierno seguirá negociando con la Asamblea y que eventualmente se aprobarán las reformas. Por supuesto que así es, pero el daño ya está hecho, porque debido al atraso en la aprobación, será hasta en octubre que Nicaragua podrá reunirse con el FMI, es decir, con dos meses de retraso, y será hasta después de esa reunión que podrán ingresar fondos frescos al país. En dos palabras: en vez de que los recursos financieros vengan en septiembre, vendrán hasta en noviembre. Ganó Alemán, y perdió Nicaragua.

Estoy plenamente convencido de que no hay un sólo diputado —al menos entre los que saben leer y escribir— que no esté consciente de la necesidad que tiene el Gobierno de recortar gastos y de obtener más ingresos mediante una ampliación de la base tributaria. En ese sentido, no cabe ni la menor duda de que las reformas propuestas por el Ejecutivo hubiesen sido aprobadas sin ningún problema ni retraso por la bancada liberal si no estuviera de por medio el deseo de Alemán de imponerse sobre Bolaños. Lo que está a la vista no necesita anteojos. La lujuria de poder de Alemán tiene envenenado el ambiente político, y las consecuencias negativas se están sintiendo en el ámbito económico, y, a consecuencia del retraso en las reformas tributarias, se sentirán aún más.

Pero el problema es mucho más grave. Se trata de que Alemán y sus seguidores -–al igual que el Frente Sandinista— han decidido que el Gobierno de Bolaños fracase, y, según sus cálculos, cuanto antes, mejor. De ahí la propuesta que hizo el jueves pasado el diputado sandinista Nelson Artola para que la Asamblea Nacional destituyera al Presidente Bolaños. Quien crea que Artola actuó de forma espontánea e independiente de cualquier orientación partidaria, peca de iluso, consciente o inconscientemente. Quienes impulsaron al diputado rojinegro a decir lo que dijo pretenden ir creando un ambiente de crisis que tendría que ser resuelto —según ellos— con la remoción de Bolaños de la Presidencia de la República.

¿Y por qué esa urgencia? La razón es sencilla. Alemán está apostando a que cuenta todavía con apoyo popular suficiente, y cree que si logra crear un caos económico por el cual el pueblo culpara a Bolaños, siente que tendría oportunidad de regresar al poder casi de inmediato a través de una Constituyente.

Y en ese proyecto no está solo; cuenta con el auxilio decidido y entusiasta –-aunque solapado— del Frente Sandinista, porque los rojinegros —con Daniel Ortega a la cabeza— están persuadidos, también, de que en esas aguas revueltas podrían ser ellos los que se alzaran con el triunfo en unas elecciones anticipadas. Pero, aunque no las ganaran ahora, sienten que es preferible ir a las elecciones del 2006 teniendo como contrincante a un Partido Liberal no renovado y siempre controlado por Alemán. Después de todo, ellos ya saben que con éste se pueden “entender”, a como ya lo hicieron en el pasado. Por otra parte, están claros de que el éxito de Bolaños implicaría una verdadera transformación del país y el fin de los pactos gangsteriles, algo que, obviamente, no desean que suceda.

¿Entonces? Lo obvio. El pacto sigue, y sus directores se disponen a asestar un zarpazo mucho más terrible que el que le propinaron al país con las reformas constitucionales del 2000. Abramos bien los ojos y no permitamos que eso suceda. La oportunidad de transformar el país sigue viva, pero sólo podrá concretarse si se deja que el gobierno actual gobierne en paz y por todo el período que le corresponde. Lo contrario significa quedar atrapados indefinidamente en las cleptómanas garras de Alemán y Ortega.

*El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa, y catedrático de la Universidad Thomas More.
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