El problema está en la sangre

Al parecer es un rasgo cultural nicaragüense tratar de culpar a los demás por nuestros males, aunque sepamos que los culpables somos nosotros mismos. En realidad, a los nicaragüenses nos calzan como anillo al dedo aquellas significativas expresiones de que si estamos como estamos es porque somos como somos, que no perdemos la oportunidad de perder las oportunidades, y que el subdesarrollo lo tenemos en la sangre, o mejor dicho, en la mente.

Señalamos esto, no como una posición fatalista, sino realista, que volvemos a traer a colación a propósito de los últimos acontecimientos políticos ocurridos en el país, y con la esperanza de que quienes controlan las distintas estructuras del poder político comiencen por fin a actuar como demócratas y estadistas, y que dejen de hacerlo como demagogos y agitadores partidistas.

En realidad, debería darles vergüenza a “nuestros” dirigentes políticos que la comunidad internacional tenga que alzar su voz, una vez más, para enseñarles cómo deben comportarse para que Nicaragua pueda mantener su precaria estabilidad institucional y seguir mereciendo la ayuda externa. Porque la verdad es que sólo después de las declaraciones de algunos embajadores extranjeros —como los del Japón y Alemania— en el sentido de que Nicaragua debe reducir sus gastos presupuestarios para lograr el acuerdo con el FMI y seguir recibiendo asistencia financiera; y después de la declaración de la Unión Europea en respaldo al Presidente Bolaños ante los sabotajes parlamentarios y las amenazas de sus adversarios de provocar “estallidos sociales” e inclusive de destituirlo, fue que los liberales alemancistas y los sandinistas se apaciguaron y decidieron aprobar la reforma presupuestaria solicitada por el Ejecutivo para disminuir la brecha fiscal y allanar el camino a los acuerdos con los organismos multilaterales.

Como es bien sabido, los líderes parlamentarios alemancistas y sandinistas habían dicho con su característica prepotencia que devolverían al Ejecutivo la propuesta de reforma presupuestaria, y que no les importaba que no se hiciera el acuerdo con el FMI y por lo tanto que el país perdiera la posibilidad de conseguir 100 millones de dólares en cooperación financiera muy favorable para este mismo año. Pero en cuanto la comunidad internacional se expresó contra ellos en términos enérgicos aunque diplomáticos, corrieron a ponerse de acuerdo con el Ejecutivo para aprobar una reforma que por sentido común y responsabilidad política debieron haber aprobado de manera voluntaria, sin perjuicio de hacerle los cambios que estimen necesarios siempre y cuando respeten los techos de los ingresos y los gastos públicos.

Cabe, entonces, preguntarse, ¿cómo es posible que personas ilustradas y con experiencia gubernamental no puedan o no quieran entender que no se puede ni se debe seguir gastando más de lo que se produce y de lo que razonablemente es factible conseguir en cooperación externa? ¿Por qué no pueden o no quieren entender que después de la orgía de corrupción que hubo en el gobierno anterior, y del oneroso lastre que significa pagar los costos de la piñata sandinista, por fuerza hay que practicar la austeridad y la decencia administrativa, y no sólo porque así lo quiere el Presidente Bolaños sino porque no hay otra salida, como lo han tenido que hacer ver los embajadores extranjeros y la Unión Europea?

Ya es tiempo de que los dirigentes del liberalismo alemancista y del sandinismo —que por desgracia son los partidos preferidos de la mayor parte de la población electoral— comiencen a comportarse como personas sensatas y no como agitadores políticos, como líderes de la nación y no como depredadores del Estado. Y de que cumplan sus funciones públicas con responsabilidad, porque esta es su obligación y no porque los obligue la comunidad internacional.

Los dirigentes alemancistas y sandinistas son sin dudas personas inteligentes y saben que no pueden, aunque quieran, arrastrar al país a una vorágine de violencia ni derrocar por ningún medio al Gobierno constituido. De modo que en vez de seguir chantajeando a la nación con sabotajes parlamentarios, colusiones pactistas y amenazas de estallidos sociales, deberían hacer algo positivo como “persuadir” al doctor Arnoldo Alemán de que se vaya de la Asamblea Nacional y que no siga perturbando la tranquilidad nacional y la estabilidad de las instituciones.  

Editorial
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