Lucía de [email protected]
El miércoles 26 de junio, se cumplieron veintisiete años que el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, entregó su alma a Dios y, dentro de pocos meses, concretamente el seis de octubre próximo, Su Santidad Juan Pablo II lo estará canonizando en una ceremonia que tendrá lugar en la plaza de San Pedro, en Roma.
Hijo de la Iglesia. Así se consideraba el Beato Josemaría y es bien sabido que, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetraron todos sus escritos. Con frecuencia decía a los miembros del Opus Dei que la Obra estaba para servir a la Iglesia como Ella —la Iglesia— quería ser servida. Y siempre insistió que ese servicio significaba todo el sacrificio necesario, a la vez que los miembros del Opus Dei debían rechazar cualquier componenda que se tradujera en un “servirse de la Iglesia”.
En una ocasión, concretamente, alguien le escuchó que dijo “a pesar de los pesares” después de pronunciar las palabras del Credo “creo en la Santa Iglesia Católica”. Entonces esa persona le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto a pesar de los pesares?” A lo que el Beato Josemaría respondió: “A pesar de mis pecados y de los suyos”.
La fe y el amor a la Iglesia fueron creciendo a lo largo de la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el hogar paterno en Barbastro, España. En una ocasión decía: “he amado siempre con locura a mi Madre la Santa Iglesia, y cada día que pasa la quiero más. Agradezco a mis padres y a los primeros que intervinieron en la formación de mi alma, y después a todas las autoridades de la Iglesia, el amor que han puesto en mi corazón, y que ha ido engrandeciendo cada vez más, haciéndome tener una fe grande, absoluta, en mi Madre la Santa Iglesia, de la que no dudo nunca y de la que estoy seguro porque así nos lo ha dejado bien precisado Jesucristo, Cabeza de su Iglesia: que las puertas del Infierno no prevalecerán jamás contra ella”.
El Beato Josemaría veía la Iglesia como una Madre con los brazos abiertos para escoger a todas las almas. Es por esa razón que en 1970 hacía el siguiente resumen: “cuando a mí, ahora, me hablan con desprecio de los ricos, y me dicen con altanería Iglesia de los pobres, suelo contestar habitualmente: Iglesia de las almas, de todas las almas. No podemos olvidar que en este mundo siempre habrá ricos y pobres: no lo digo yo, lo ha dicho el Maestro cuando vino a enseñar que era el Camino, la Verdad y la Vida para todas las personas, sin excluir ninguna”.
A la vez, como hijo fiel de la Iglesia inculcó y exigió el cumplimiento de los deberes de justicia y solidaridad cristiana. Desde su juventud se interesó por los ambientes más necesitados y marginados, se dedicó personalmente a atenderles cuando comenzó su ministerio sacerdotal, y después a los que le rodeaban les enseñó el deber de ocuparse de los menesterosos, de ayudarles en el ejercicio de sus derechos para que pudieran alcanzar el bienestar adecuado, acorde con el desarrollo de la dignidad humana. Al ver la situación de obreros y campesinos o de los que se encontraban sin trabajo, fomentó la conciencia de que había que facilitarles vivienda, alimentación, formación profesional para ellos y para sus hijos. Prueba de ello son las muchas labores de promoción social y humana que a través de los miembros del Opus Dei se desarrollan en el mundo entero.
Hay muchos testimonios de conversaciones del Beato Josemaría con dirigentes de empresas, católicos y no católicos, en los que supo despertar la inquietud positiva de servir a la sociedad, de hacer amplia promoción social. El Beato removió la responsabilidad en muchas personas, para que hacer de sus empresas e industrias, una labor cristiana, facilitando empleos, y promoción a miles de miles de personas. Insistió, además en que estaban obligados a pagar los salarios con la justicia y equidad de quien tiene conciencia cristiana y es respetuoso de la ley natural. Decía que no podían tratar a sus empleados como objetos o como meros servidores sino como hermanos que prestan un trabajo y necesitan el respeto, la ayuda y la justa retribución para vivir bien ellos y sus familias.
El Beato Josemaría amó y sirvió a la Iglesia apasionadamente. Es lógico que así sea en una persona que cree firmemente en que la Iglesia de Dios la fundó Jesucristo y ha sido y será la misma hasta el fin de los siglos.