Carlos Alberto Montaner
El presidente Bush ha hecho bien en colocarse decididamente junto a Israel. El peor servicio a la causa de la paz es pretender que los objetivos de los israelitas y los palestinos son simétricos y éticamente equiparables. Los judíos desean vivir pacíficamente dentro de un Estado democrático y aceptan que sus convecinos tengan el suyo. Lo que discuten son detalles menores perfectamente solucionables. Los palestinos, en cambio, le atribuyen al Estado hebreo un origen ilegítimo cimentado en el despojo de sus derechos y procuran destruir a esa nación odiada que les ha surgido en el entorno como si fuera un quiste maligno. El nacionalismo de los hebreos es predominantemente positivo, orientado a preservar la única democracia desarrollada de la región. El de los palestinos, negativo, obsesionado con liquidar a su nunca aceptado convecino.
Uno puede entender las frustraciones sicológicas y políticas de los palestinos, pero es absurdo pretender la destrucción de un Estado porque su origen arraigue en un supuesto atropello infligido a otras tribus más débiles y peor organizadas. Si la lógica de los palestinos —el 51 por ciento quiere la desaparición del Estado de Israel— se convirtiera en una regla universal, habría que desmontar al noventa por ciento de las naciones existentes. El sur de Estados Unidos, por ejemplo, debería ser devuelto a México, Francia y España, pero inmediatamente todos ellos tendrían que renunciar a la soberanía sobre esos territorios y transferirla a los descendientes de los pobladores autóctonos.
De esa asimetría entre los objetivos de los palestinos e israelitas se derivan dos estrategias perfectamente coherentes: la de Arafat consiste en minar violentamente la convivencia con los hebreos, con la esperanza y la paciencia de los castores, sin prisa ni tregua, hasta que algún día se hunda el odiado Estado de los judíos. Para una cultura como la islámica, que vive en el pasado, y que mata y muere por oscuros acontecimientos sucedidos hace mil años, no hay ninguna sensación de urgencia. Para Arafat el caos es una atmósfera respirable y natural. Una infinita sala de espera.
Frente a este panorama pavoroso está situado el señor Sharon. Ariel Sharon no es un tipo violento y sanguinario al que le gusta matar, sino alguien que tiene que desarrollar una estrategia frente a un enemigo tenaz empeñado en destruirlo. ¿Qué puede hacer? La verdad es que los judíos, desde David Gurion hasta Ehud Barak, lo han ensayado todo sin ningún éxito. Por último, han recurrido a la Ley del Talión, pero introduciendo en la ecuación un factor multiplicador: un ojo por cinco ojos, un diente por cinco dientes. Es una pedagogía tan cruel como sencilla: siempre cobrarle al enemigo por sus acciones un precio terrible hasta que aprenda la lección y acepte plenamente convivir con quienes deploran.
Israel no puede evitar que un fanático cargado de dinamita se inmole en una cafetería y asesine con su acto brutal a veinte muchachos, pero sí puede inmediata y resueltamente pasarle la cuenta a Arafat y a sus cómplices aliados hasta que dejen de alentar el terrorismo. O sea: el mismo razonamiento lógico que sostuvo la guerra de los norteamericanos en Afganistán.
No creo que George Bush tenga muchas esperanzas en su propuesta de que los palestinos funden mágicamente una república moderada, dotada de instituciones de corte británico, se deshagan de Arafat y aíslen y persigan a los terroristas negados a convivir con Israel. A estas alturas de su mandato Bush ya aprendió que cuando los terroristas suicidas cometen sus crímenes repulsivos, la mayor parte de los palestinos, incluidos los padres y hermanos de los “mártires”, lejos de horrorizarse, sienten una alegría primaria y brutal, que también sirve para mantener al pueblo unido y el entusiasmo en alto.
Lo que aquí está en juego no es una discusión sobre el mejor modelo político, ni se trata de un debate abstracto sobre los derechos civiles, sino una cosa muy antigua que tiene que ver con la sangre, los lazos secretos que unen a las tribus y otros fenómenos monstruosos que ocurren en las zonas más oscuras del corazón humano.
Al menos desde hace unos días, hay un elemento nuevo sobre el tapete: la Casa Blanca parece dispuesta a ponerle fin a la obscena proposición consistente en presentar los objetivos de Israel dentro de la misma categoría moral que los de la entidad palestina. No son iguales. Eso es lo que el presidente Bush ha venido a reconocer. Ahora es muy importante que los europeos asuman el mismo punto de vista.
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