¿Será cierto que la cultura da plata?

Ariel [email protected]

La cultura da plata, titulaba en una ocasión la revista colombiana “Cambio 16”, a raíz de un seminario efectuado en Bogotá, Colombia, entre banqueros, libreros, empresarios, poetas, “hombres de cultura” y otros, quienes debatieron sobre la importancia que ésta representa para un Estado, sobre todo cuando la misma es prolífica en sus manifestaciones.

¿Convendría para Nicaragua aplicar una agresiva mercadotecnia cultural nacional e internacional, para la captación de divisas requeridas para el desarrollo del país? Definitivamente que sí.

Una de las conclusiones más importantes a las que llegaron los participantes en ese evento, es que los excedentes obtenidos a través de las diversas manifestaciones culturales y de espectáculos que constantemente se realizan en ese país, compiten en cifras con muchos otros productos de exportación. Y quizás ahora con la crisis global del café y los avatares de la narcoguerrilla, estén generando más divisas las gorditas de Botero afincadas por el mundo que todo el empuje empresarial de los antioqueños, o las canciones de Chakira (la de los pechos pequeños) y Carlos Vives que el mismo petróleo.

En efecto, Colombia es, junto a México, Argentina y Chile, uno de los países en América Latina con mayor industria cultural, la que va desde el Festival Internacional de Teatro hasta la Feria Internacional del Libro, sin mencionar el empuje reciente de las telenovelas y el cine.

Nicaragua, como el resto de Centroamérica, no sólo está encaminada a evidenciar de una u otra forma, la exportación de su cultura y espectáculos y el mejoramiento de su capacidad adquisitiva. Al respecto, si bien es cierto que se hace necesaria la participación más efectiva del Estado, corresponde al sector privado asumir iniciativas de mayor beligerancia.

La traducción de la literatura nicaragüense, la distribución del libro (que nunca ha existido), el diseño de una exposición itinerante de la plástica contemporánea son entre otras, sólo algunas manifestaciones que deberán empezar a dinamizarse con sentido práctico de la evolución del mercado del arte. En los empellones de la globalización, ¿qué será del istmo ante las efervescentes tecnologías arrolladoras si la región no se adapta a las nuevas exigencias bursátiles de la integración y los nuevos marcos de correlación monetaria?: una enclenque chatarra territorial en el corazón de las Américas. Una forma de contrarrestar esta inminente depresión futura, será fortaleciendo los espacios identitarios de la cultura junto al soporte de la inversión agropecuaria y turística.

La cultura nicaragüense es una de las más ricas en Mesoamérica, al igual que la del resto del área. Los instrumentos de su cultura popular, del Pacífico y el Caribe, así como la representatividad de sus artistas plásticos, han dignificado tanto al país a nivel internacional, como sus rones, sus maderas preciosas, sus maquilas y su mano de obra ¿qué hay que hacer?: elevar los niveles de mercadeo de dicha cultura, utilizando el ensamblaje del turismo, de las exposiciones integracionales, artesanales e industriales, y de sus recursos potenciales como el agua, la de sus lagos, ríos y mares, más allá de la explosiva publicidad de nuestros volcanes o de la reposada hospitalidad de nuestras hamacas.

El decir que la cultura da plata, independientemente de la carga mercantilista que el concepto en sí conlleve, conviene ser interpretado como una modalidad económica implantada en el mundo desde siempre, pero dinamizada en la actualidad. También, además de “dar plata”, más allá de la ética del artista puro, del mecenazgo existente y del lucro eventualmente cretino de algunos mercaderes del arte (ante quienes el artista debe hacer su obra y su persona), crea una plataforma de presencia en el cada vez más agreste dominio virtual y figurativo de la humanidad.

El autor es escritor y periodista.  

Editorial
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