La autoridad

Luis Sánchez S.luis.sá[email protected]

Primero fue el poder y después la autoridad. O sea que —en el tiempo y la historia— el poder es lo primitivo, la fuerza, la imposición. La autoridad, en cambio, es la persuasión, el ejemplo, el ascendiente moral…

“La autoridad —dice James Hunte, a quien cité en el artículo “Poder y podrido”, del 17 de mayo— “es el arte de conseguir que la gente haga voluntariamente lo que tú quieres, debido a tu influencia personal”. Y de la autoridad se deriva el liderazgo, que es “el arte de influir sobre la gente para que trabaje con entusiasmo en la consecución de objetivos en pro del bien común”.

El concepto de autoridad lo crearon de hecho los griegos, pero fueron los romanos quienes le dieron el nombre: Autorictas. En Grecia el poder nació con los jefes de las tribus, que se convirtieron en reyes y después fueron sustituidos por el Arconte, organismo colegiado que era ejercido por tres personas: el Epónimo, encargado del poder civil; el Basileus, a cargo del culto; y el Polemarca, jefe militar. Después aparecieron los arcontes Thesmotetes, que eran los encargados de dictar las leyes.

Pero el poder sólo lo ejercían los nobles, a quienes llamaban eupátridas (bien nacidos) y kaloi kai agathoi (bellos y virtuosos). Eso provocaba tantos conflictos que se vieron obligados a nombrar dictadores (Esimnetas). Hasta que uno de los 7 sabios de Grecia, Solón, en el siglo V antes de Cristo estableció la democracia.

Casi al mismo tiempo los romanos crearon la auctoritas (autoridad, para oponerla a la potestas (poder). Eso ocurrió cuando el pueblo derrocó al rey Sexto Tarquino, después que éste abusó a la hermosa, virtuosa y estimada dama Lucrecia, quien se suicidó por la vergüenza del ultraje.

O sea que tanto en Grecia como en Roma la democracia surgió de la contraposición autoridad-poder. Sólo los magistrados tenían poder, pero únicamente en cuanto a que representaban la majestad popular, y además eran limitados por la autoridad senatorial. También tenían autoridad los juristas, que asesoraban a los magistrados, jueces y ciudadanos; los augures, que observaban los signos del cielo para interpretar la voluntad de los dioses sobre lo que debían hacer los magistrados en los actos de interés público; y los jueces, cuya opinión autorizada se imponía a cualquier otra y tenía que ser acatada por todos.

Pero, con el tiempo, al iniciarse en Roma el principado —y en Grecia la tiranía, después que Solón se exilió voluntariamente— la relación autoridad-potestad fue alterada. Y con la decisión de Augusto de gobernar a base de su personal autoridad, comenzó un proceso de involución política que culminó con la plena identificación de autoridad y poder en la persona del Emperador.

Y así ha sido hasta ahora, pues, aunque de vez en cuando surgen personas que gobiernan por su autoridad (como el presidente checo, Vaclav Havel, a quien mencioné en mi artículo del 10 de mayo), por lo general lo que hacen los políticos es “conquistar” e imponer el poder, que es perverso por su propia naturaleza e inevitablemente corrompe a quien lo ejerce sin prudencia, integridad, capacidad ni probidad.

En la historia de Nicaragua se puede identificar claramente a quienes, como en los treinta años conservadores del siglo XIX, gobernaron por medio de la autoridad y el liderazgo, y a los que han mandado mediante el poder y se han corrompido junto con éste.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí