El desafío fundamental de humanizar la educación

Mónica Zalaquett Daher

En relación a la educación, el aprendizaje más importante es la necesidad de colocar en primer plano a los niños, niñas y adolescentes con sus necesidades, derechos y deberes, más que a las notas que obtienen en el proceso educativo. Es decir, que el conocimiento intelectual obtenido en las escuelas no debería alcanzarse al elevado costo de una baja autoestima.

Humanizar la educación se convierte en un desafío fundamental cuando los procesos educativos tienden a realizarse a contrapelo del sentimiento de autovalía, de la seguridad y confianza personal y del espíritu de solidaridad y el sentido de colectividad en las comunidades escolares.

Quizás esta afirmación parezca redundante, pero por desgracia no lo es. En la actualidad predomina una disciplina escolar basada en normas rígidas, muchas veces poco comprendidas y aceptadas, que alimentan el temor a los castigos que se sufrirán en la escuela y especialmente en el hogar si no se cumplen. En lugar de formar en la niñez un sentido de responsabilidad individual, el desarrollo de sus habilidades y destrezas personales, la confianza en las propias capacidades y el espíritu creativo, estamos educando más bien para la sumisión y el miedo.

En este sentido, considero que el primer cambio trascendental debería apuntar a que el sistema de notas constituya una referencia importante, pero no el medio por excelencia para evaluar el rendimiento y los comportamientos escolares, menospreciando la diversidad de inteligencias y destrezas que cada niño o niña tiene.

Si queremos una sociedad regida por valores, deberíamos reconocer desde las evaluaciones escolares la capacidad de los niños de comunicarse e interactuar en forma positiva, la demostración de apoyo y solidaridad hacia otros niños y toda actitud que refuerce valores fundamentales para la persona y la sociedad.

Consideramos que la educación debe estimular el deseo de los niños y niñas de adquirir y compartir conocimientos más que promover una competencia entre alumnos que deja a lo largo de la infancia una secuela de frustraciones. Pretender que el aprendizaje se produzca por medio de la coerción y el castigo, más que de la persuasión y el estímulo, es la mejor manera de truncar en los niños el amor al conocimiento, la sana curiosidad y el placer de descubrir.

La clásica división entre buenos y malos alumnos, debería ser por ello seriamente reconsiderada, pues todos los niños y niñas tienen un inmenso potencial. Este cambio de orientación resulta clave para la construcción de relaciones armoniosas y democráticas en la escuela, por oposición a las predominantes tendencias autoritarias.

A la vez, considero que el progreso intelectual de los niños y adolescentes debe ser tan estimulado como su desarrollo emocional, especialmente mediante la enseñanza de formas de comunicación y resolución de conflictos, el estímulo de las capacidades creativas a través del discernimiento y el fomento de un pensamiento libre de estereotipos y prejuicios.

Se hace también necesario que los y las docentes cambien las formas y los estilos de la educación autoritaria, porque con frecuencia el maltrato psicológico y físico, como también los abusos de autoridad que se cometen en las escuelas, evidencian que la violencia intrafamiliar puede ser tan dañina para el desarrollo de la niñez y adolescencia sanas, como una violencia escolar poco reconocida pero bastante generalizada.

La experiencia nos confirma que la escuela y la familia son dos caras de la misma moneda, y que se puede y debe fomentarse el desarrollo de relaciones humanas democráticas y nutricias, educando desde la más temprana edad para no reproducir los modelos de crianza autoritarios. A la vez, la escuela puede y debe representar una segunda oportunidad para la formación del niño o la niña cuando en la familia no se ha proporcionado la educación y los efectos indispensables para el desarrollo humano integral.

Estoy profundamente convencida de que el desarrollo humano, económico y social que necesita nuestro país, demanda de cambios en aquellas mentalidades que nos amarran a viejos patrones de educación y crianza. La lucha contra la pobreza no sólo requiere de recursos materiales, sino sobre todo del ánimo de un pueblo que confía en sus propias capacidades, que se arriesga en el trabajo, el estudio y la investigación, de hombres y mujeres que sean capaces de creer en sus sueños y posibilidades.

La autora es periodista y Directora del Centro de Prevención de la Violencia. (Resumen de la intervención sobre la labor que está haciendo con maestros y periodistas en prevención de la violencia).  

Editorial
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