Freddy Potoy [email protected]
La noche del lunes estaba cenando en un lugar discreto (en cuanto a lujo y pomposidades) sobre la Carretera a Masaya. Es un lugar con características típicas de la idiosincrasia nica. De repente vi entrar a dos funcionarios públicos del Poder Judicial y pensé que llegaban a departir una cena amistosa. Nada más. ¿O tenía que pensar otra cosa?
No pensé mal porque ambos hayan llegado juntos en el mismo vehículo. Actualmente los funcionarios públicos han afinado el discurso del respeto a la institucionalidad, a la democracia, la independencia de los Poderes del Estado y al profesionalismo.
Eran alrededor de las siete de la noche cuando vi entrar al magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, Marvin Aguilar, con su subordinado el Juez Séptimo de Distrito del Crimen de Managua, doctor Sabino Hernández. Se ubicaron en una esquinita del restaurante y empezaron a conversar amenamente.
Luego de varios años de cubrir muchos ámbitos noticiosos, entre ellos el de la justicia y el Poder Judicial, no es común —según la opinión de algunos jueces y magistrados actuales que tienen mucha experiencia, pues— que un lunes un juez salga a cenar con un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, salvo algunas circunstancias: intercambio de experiencia profesional, que tengan muy buena amistad o, en el peor de los casos, cuando un magistrado tenga interés de conversar sobre algún juicio que instruya el juez.
Ojalá la cena entre Aguilar y Hernández haya obedecido a cualquiera de los primeros dos de los tres aspectos mencionados.
La conversación del magistrado con el juez, me recordó también otra cena donde pude observar y escuchar al Vicepresidente de la República y a varios “amigotes” suyos “conversando” animadamente. Hablaron de “Raymundo y todo el mundo”: a Bayardo Arce lo calificaron en esa mesa como el “magistrado vitalicio”; de la Corte Suprema de Justicia, se expresaron irónicamente de algunos liberales y sandinistas. El protocolo en esas mesas no tenía validez.
Unos le decían: “Mirá Rizó, mirá Rizó, dejate de babosadas….” Otros, que seguramente querían sentirse bien y quedar bien, o quizás querían ironizar con la investidura del segundo al mando de esta nación, le decían: “Señor Vicepresidente, usted tiene toda la razón…” y las carcajadas sonoras no se hacían esperar.
Esa noche, uno de los abogados invitados a esa cena —con su esposa— abandonó rápidamente la mesa y dejó a otro amigo su correspondiente cuota para contribuir al pago de lo consumido por él. En ese momento pensé: al menos éste pagó su comida y no saldrá de los impuestos de los contribuyentes.
Pero volviendo al caso del juez y el magistrado, creo que tienen derecho a cenar o conversar en lugar público, privado o en la oficina de cualquiera de los dos. Eso no es pecado. Es más, hay personas que consideran que es mejor conversar personalmente, porque a veces hay cosas que a la gente le da temor hablar por teléfono para evitar el famoso espionaje telefónico. Buen provecho.