Si ellos lo hicieron, nosotros también podemos

Conrado Godoy

Desde hace tres meses, el Euro, que es la nueva divisa común adoptada por la Unión Europea y tiene oficialmente la paridad del dólar norteamericano, une a 12 países de la denominada Eurozona, y sustituyó marcos, francos, pesetas, liras, etc., que pasaron a la historia, quizás como piezas de museo, llenando de nostalgia a más de trescientos millones de ciudadanos alemanes, franceses, españoles, italianos y de otras nacionalidades, que las utilizaron durante décadas.

Con la excepción de Dinamarca y Suecia, que por razones todavía no muy claras han rechazado participar en este experimento unificador, y Gran Bretaña, que decidió esperar unos meses antes de desechar la Libra Esterlina, la Unión Europea está consciente de que este “acto económico de connotación política”, como ha sido calificado por destacados líderes de la UE, constituye apenas el comienzo de lo que se espera llegue a ser el grupo económico-político más poderoso y representativo del planeta.

El ensayo monetario europeo es un clásico ejemplo en el que el nacionalismo ha dado paso al pragmatismo en aras del desarrollo global y el beneficio común que ofrece la modernidad. Ni marcos alemanes, ni francos franceses, ni pesetas españolas, sólo Euros, cuya utilización, entre otras numerosas ventajas, evita que los turistas que visitan el Viejo Continente pierdan dinero pagando comisiones en casas de cambio, incrementando también la transparencia en los precios de los bienes de consumo. Como hemos señalado, las posibilidades que tienen ahora los europeos son incontables, imposibles de enumerar en esta breve reseña, algo en lo que deben pensar seriamente los países del área, que hace sólo unos años, dieron al mundo, una espectacular demostración de lo que pueden lograr la unidad, la voluntad y la inteligencia al servicio de la comunidad, creando el Mercado Común Centroamericano, un admirable y admirado proyecto integracionista echado a perder por la ineptitud de politiqueros obtusos.

El ejemplo europeo debe ser el espejo en el que deben verse nuestras pequeñas y atrasadas naciones, para entender que no existe otro camino que el de la integración, una verdadera integración que cubra todos los ámbitos y que nos proyecte con ímpetu y propósito de transformación en esta aldea global.

La reciente II Cumbre Europa-Latinoamérica y el Caribe puso de manifiesto la imperiosa necesidad de impulsar la integración centroamericana.

Debemos comenzar por resolver una simple ecuación: Si trescientos millones de europeos lo hicieron, cuarenta millones de centroamericanos tiene muchísimas más probabilidades de lograrlo.

El autor es periodista.  

Editorial
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