Eduardo Urbina*
¿Cuál será nuestra responsabilidad como agrónomos nicaragüenses? Además de ser nicaragüenses y latinoamericanos somos ciudadanos de un mundo que padece de problemas críticos de hambre y pobreza. Asumamos nuestra parte de la responsabilidad en la búsqueda urgente de soluciones, no solamente por razones éticas y humanas, sino porque Latinoamérica tiene un potencial inmenso para contribuir a la alimentación del resto del mundo.
Latinoamérica en general y Nicaragua en particular tiene algunos problemas propios que reclaman nuestra atención. En el período de 1990 a 2000, el crecimiento anual de producción agrícola en América Latina (1.7%) ni siquiera compensó en el crecimiento poblacional (1.8%), la tasa de incremento en las importaciones agrícolas superó la de las exportaciones, y la proporción de las personas que vivían en la pobreza aumentó en el 38% en 1990 y el 45% en 2000. Además, 200 millones de hectáreas son clasificadas como severas o moderadamente degradadas (33%) de la superficie bajo vegetación. Pareciera que además de su inmenso potencial para contribuir a la alimentación del resto del mundo, Latinoamérica ni siquiera ha logrado mejorar la calidad de vida de sus propios ciudadanos.
Nicaragua no ha sido la excepción, una proporción del 40 al 60% de los hogares nicaragüenses vivían en pobreza en los años del 90 al 95, comparado con el 27 y 38% en el período de 70 al 80. Los efectos son reflejados dramáticamente en la alimentación. El suministro diario en energía alimentaria cayó desde 2,590 K Cal/cap. En 1990-92 a 1942 KCal/cap en 2000. Cercanamente asociado con el aumento en la pobreza y la subalimentación, está el problema de la deserción escolar. Los niños no van al colegio porque tienen que trabajar o robar o porque no resisten la jornada sin comida. Duplá estima la deserción escolar en 35% para los niños nicaragüenses que iniciaron la educación básica en 1980-90. En la actualidad, el 10% de los jóvenes de 15 y 17 años no estudian ni trabajan.
Otro aspecto del impacto real de esta tragedia está ilustrado por datos de 63 países que demuestran la relación estrecha entre la educación, sobre todo de niñas, y la tasa de natalidad y diferente índice de calidad de vida. Se estima que por cada año adicional de escolaridad de las niñas hay una reducción del 5 al 10% de la tasa de natalidad y de un 10% en la tasa de mortalidad infantil.
Los agrónomos nicaragüenses tienen un papel de gran significancia en la solución de problemas críticos de la humanidad. Su aporte debe contribuir al alivio de la pobreza, del hambre, la educación, la mejora de la calidad de vida y la protección de los recursos naturales. La tarea es extremadamente urgente al nivel nacional, regional y mundial. Contamos con inmensos recursos naturales y nuevas herramientas poderosas como la ingeniería genética y la informática, pero es preciso evitar la tentación de usar esto como pretexto para postergar acciones. La mística del trabajo y dedicación de los agrónomos será el componente más importante de nuestro progreso. Por razones humanitarias la tarea es impostergable.
Vaya, pues, un saludo por la semana del Ingeniero Agrónomo de Nicaragua.
* Especialista en temas agropecuarios.
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