Hay que limpiar toda la basura

No sólo de basura política (corrupción) está lleno el país. También está inundado de desechos que la gente tira por todas partes y que las autoridades correspondientes poco se interesan por recogerlos y reciclarlos para asear el ambiente y sacarles algo de provecho.

Sobre la basura política y moral, las nuevas autoridades supremas del país están haciendo esfuerzos para barrerla, a pesar que la estructura legal del país fue diseñada precisamente para garantizar la impunidad de los corruptos, y que debe enfrentarse a una enconada resistencia de poderosos intereses creados. Y mal que bien se ha avanzado en la campaña de moralización del sector público que emprendió el actual gobierno desde que asumió el poder en enero pasado, y gracias también al interés de la comunidad internacional que por fin parece haberse dado cuenta de que de nada sirve la cooperación externa para ayudar al desarrollo y combatir la pobreza, donde los recursos se fugan por los drenajes de la corrupción.

Pero también hay que luchar con igual denuedo contra la basura material que contamina el ambiente y provoca o agrava las enfermedades que sufre la población, sobre todo los estratos más pobres de nicaragüenses que por esta misma causa sobreviven en las peores condiciones de insalubridad.

Al respecto vale la pena destacar la información que publicó LA PRENSA el lunes de esta semana, sobre una moderna planta para el tratamiento de la basura que está instalada en Masaya y produce unos cinco mil quintales de abono orgánico que son obtenidos de los desechos. Dicha planta fue instalada y operada por la cooperación austríaca desde hace ocho años, y el 11 de abril la entregó a la administración municipal de Masaya, que ojalá no la eche a perder como ocurre con casi todas las empresas que controlan y dirigen los políticos.

Se dice que el aseo forma parte de la cultura de una nación. Es cierto. Las ciudades europeas y estadounidenses —con excepción de algunas grandes urbes— impresionan por su limpieza y por el cuidado que ponen sus autoridades y habitantes en mantenerlas aseadas. Y al contrario, las ciudades de los países pobres y atrasados se distinguen por la abundancia de basura tirada por todas partes, y por el escaso o ningún interés de sus habitantes y autoridades por hacer algo para asear y contrarrestar los hábitos negativos de la población.

La experiencia internacional demuestra que es posible resolver el problema social del desaseo ambiental, mediante la combinación de campañas educativas, sanciones legales y pecuniarias a quienes lanzan basura a las calles, carreteras, aceras, cauces o terrenos baldíos, y aplicación de adecuadas medidas técnicas y operativas para la recolección y tratamiento de la basura orgánica e inorgánica.

En Costa Rica, por ejemplo, se imponen multas de hasta 20 mil colones a los conductores de vehículos de donde se arroje basura a la calle. Y en el caso de los que depositen desechos en las carreteras o en los lotes abandonados, la multa es de 100 mil colones. En Miami, EE.UU., quienes tiran basura en las autopistas son sancionados con multas de 200 a 500 dólares, pues los infractores no sólo ensucian el ambiente, sino que también atentan contra la seguridad vial. Eso mismo se debería hacer en Nicaragua.

Por otro lado, las autoridades nacionales y municipales deberían prohibir el uso de empaques perjudiciales para el ambiente (como las botellas y bolsas de plástico) y fomentar el empleo de envases biodegradables; asegurar un sistema eficiente de recolección y clasificación de la basura; instalar los rellenos sanitarios en los lugares donde provoquen el menor impacto ambiental; motivar a la población a que separe la basura orgánica de la inorgánica; promover la instalación de más plantas para procesar la basura y producir abonos orgánicos, como la empresa austriaca y ahora municipal de Masaya; buscar un mercado real y rentable para los desechos reciclables y reciclados, etc.

El gran propósito de asegurar el aseo moral y ambiental de Nicaragua requiere, por un lado mandar a los corruptos a la cárcel, y, por otra parte, recoger y enviar los desechos materiales a los lugares apropiados para degradarlos y reciclarlos.  

Editorial
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