Julio Ruiz Quezada
No somos tan ingenuos para creer que la corrupción es un fenómeno exclusivo de Nicaragua, ha existido en todos los tiempos y en todos los países del mundo.
Los nicaragüenses tenemos que afrontar el problema de la corrupción tomando en cuenta dos desventajas: que somos un país del tercer mundo y que la corrupción se ha globalizado permitiendo la consolidación de mafias internacionales de políticos-negociantes, que en su afán de obtener riquezas rápidamente cruzan sin importarles, la tenue raya que divide lo licito de lo ilícito.
La corrupción es más difícil combatirla en un país subdesarrollado que en un país desarrollado por lo que afirmamos que en Nicaragua no estamos ni jurídica, ni políticamente preparados para enfrentar la corrupción y más aún la globalización de la corrupción.
La década de los ochenta fue calificada como “la década perdida” no sólo para los nicaragüenses que enfrentamos el poder totalitario de los sandinistas, sino que también para la mayoría de los países latinoamericanos que enfrentaban dictaduras militares a la par del oneroso pago de la deuda externa, factores que impidieron su desarrollo.
La llegada de los noventa nos llenó de ilusiones, esperamos la consolidación de la democracia al haberse puesto fin a las dictaduras militaristas y estatistas, pero ignoramos que nacimos a ella, con una “camisa de fuerza” que fue la conducta corrupta generalizada que debilitó las instituciones, situación que ha causado tanto daño porque están involucradas las esferas más altas del gobierno y hasta se pone en riesgo nuestro propio sistema político, si tomamos en cuenta que quien resulta más afectado es el pueblo que se debate entre la pobreza y la extrema pobreza y ha llegado a creer que democracia es igual a corrupción.
El politólogo Samuel Huntington, de la Universidad de Harvard, definió la corrupción como “la medida de la carencia de institucionalización política, eficaz en un sistema político”, todo porque es una característica de que los gobiernos recién salidos del autoritarismo, tienen instituciones democráticas frágiles y por lo tanto vulnerables a la corrupción.
En un gobierno desarrollado políticamente las instituciones se defienden solas, derrotan a la corrupción o cuando menos la controlan, pero no ocurre igual en países como el nuestro, ya que el proceso funciona a la inversa, es la corrupción la que controla las instituciones y las vuelve sometidas al poder político. No puede hablarse de independencia de poderes en un sistema político corrupto, por lo que debíamos considerar si en Nicaragua estamos entrando en una fase regresiva que nos lleve a la instauración de las clásicas dictaduras latinoamericanas o a un gobierno estatista.
No es fácil poner un dique para contener la corrupción cuando está globalizada y enraizada en las más altas esferas oficiales, no se crea que la solución está en dictar leyes más o menos improvisadas, y aunque no basten las sanciones morales, sería saludable recordarle a quienes trafican con influencias y a quienes se enriquecen desde el gobierno, las frases del más antiguo filósofo conservador Confucio que decía: “Cuando un estado funciona bien, la pobreza es motivo de vergüenza; cuando un estado está bajo un gobierno corrompido, la riqueza y los honores son la vergüenza”.
El autor es abogado.