Cumbre de Monterrey

Manuel F. Ayau CordónAIPE

CIUDAD DE GUATEMALA.- La preocupación por la pobreza es genuina y generalizada, ya que es repugnante y frustrante ver tanta pobreza en el mundo, sufrida innecesariamente. Pero más preocupante para mí es el enfoque que prevalece entre quienes se reunieron en Monterrey para solicitar más caridad de parte de quienes lograron salir de la pobreza.

Es cuestionable la ética de quienes exigen resolver problemas económicos no con el esfuerzo propio, sino con la riqueza de otros que produjeron riqueza.

El error más dañino del último siglo fue considerar la pobreza como un problema de mala distribución y no de insuficiente producción. Es dañino porque va en detrimento de la formación de capital productivo, que es en donde radica toda verdadera solución a la pobreza, aunque aumenten las diferencias. La pobreza simplemente no va a disminuir y las diferencias entre ricos y pobres seguirán aumentando mientras los esfuerzos estén enfocados en la redistribución. Así, cuando mucho, se lograrán esporádicos y dispersos alivios.

La prueba del fracaso de las medidas redistributivas es la persistente pobreza en el mundo. Según la UNICEF, hay 1,200 millones de personas en extrema pobreza, no obstante los miles de millones de dólares transferidos desde la Segunda Guerra Mundial y que han sido en gran parte desperdiciados. Este viejo error es compartido por iglesias, por algunos millonarios, por entidades cívicas y financieras internacionales, como el Banco Mundial y el FMI, aunque ya se oyen tímidas voces internas que dan alguna esperanza de encarar la realidad.

Basta ver que en las soluciones propuestas en foros como el de Monterrey predominan las exigencias de transferencias (dádivas) de ricos a pobres. Inclusive, multimillonarios destacados como George Soros, Ted Turner y Bill Gates, piensan que ésa es la solución, lo que nuevamente demuestra que ser genial en los negocios no es lo mismo que entender de economía. No saben que la riqueza de unos no es la causa de la pobreza de otros, sino que es su tajada de la parte del pastel que ellos mismos engrandecieron para todos.

Muchos compiten en elocuencia por el apoyo financiero de filántropos que generosamente donan de su patrimonio personal, como el Sr. Soros, y de gobiernos que donan dinero proveniente de las recaudaciones de impuestos. La queja generalizada de los reunidos en Monterrey es que las donaciones anunciadas son muy pequeñas frente al problema y que “los dueños del dinero del mundo” deberían ser más generosos.

Esos enfoques son tan superficiales como trágicamente errados. Se basan en la falacia de considerar la riqueza del mundo como algo que está allí, una cantidad fija, y que por lo tanto lo que unos tienen es lo que a otros les hace falta. Pero la riqueza de unos no es la causa de la pobreza de otros, sino parte del aumento de riqueza que ocurre diariamente allá donde no se inhibe su creación. Lógicamente, la pobreza antecede las acumulaciones de riqueza, pues es el estado natural del ser humano. La riqueza es artificial y precaria. Los países ricos no pudieron habérsela quitado a los pobres porque los pobres nunca la tuvieron.

El enfoque redistributivo es doblemente trágico porque no solamente no logra su objetivo sino que impide avanzar en la solución verdadera, cual es la producción de esa riqueza que hace tanta falta para eliminar la pobreza. A veces parece que deliberadamente se quiere hacer perdurar la pobreza porque no se ve esfuerzo alguno en investigar sus complejas causas, sino simplemente se buscan novedosas ideas para insistir en redistribuir la riqueza y en apuntar a culpables.

Para quienes tienen genuino interés en reducir la pobreza, en los últimos años se han publicado excelentes libros sobre el tema. Pero los autores serios y competentes como Douglass North, P. T. Bauer, Guillermo Yeatts, Hernando de Soto, Carlos Alberto Montaner y otros son ignorados en los foros de las Naciones Unidas, quizás por intransigencia ideológica o por temor a poner a prueba sus ideas preconcebidas. Pobrecitos los pobres.

Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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Editorial
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