Permanencia de la Semana Santa

Luis Sánchez Sancholuis.sá[email protected]

Sin dudas que la Semana Santa es la más solemne de todas las celebraciones cristianas. Y la más importante, después de la Navidad, porque representa el sacrificio del Hijo de Dios para redimir a la humanidad y consagra el principio de la Resurrección, que es el aspecto esencial del cristianismo en sus diversas expresiones y manifestaciones.

En Nicaragua la Semana Santa se celebra desde que el país adoptó la fe cristiana, predicada por los misioneros españoles y al mismo tiempo impuesta por la espada conquistadora, pero que andando el tiempo se convirtió en médula espiritual de la identidad cultural del nicaragüense.

Según se sabe, la Semana Santa fue instituida por los cristianos primitivos -para conmemorar la Pasión de Jesucristo-, en la misma fecha en que los judíos celebraban la Pascua en recuerdo y agradecimiento de cuando Jehová los liberó de la esclavitud en Egipto. Más exactamente, los judíos celebraban –y celebran, por supuesto- la Pascua, el día 14 del mes de Nisán, y los primeros cristianos, que eran también judíos, decidieron hacer coincidir la celebración de la Pasión de Jesucristo con la Pascua.

Más tarde, en el siglo IV de nuestra época, el emperador Constantino el Grande, quien convirtió el cristianismo en la religión oficial del imperio romano, determinó que el domingo siguiente al 14 de Nisán fuese tenido como aniversario del día en que Jesucristo resucitó, o sea, lo que ahora llamamos Domingo de Resurrección o de Pascua.

Pero al escoger la fecha de la Pascua judía para celebrar la Semana Santa o Pasión de Cristo, los primeros cristianos tomaron en cuenta también que en ese mismo tiempo se celebraban las fiestas paganas de la Primavera, en las que participaban grandes multitudes del mundo conocido en aquella época. De manera que la celebración del Domingo de Resurrección, o Pascua Florida, fue una adaptación al cristianismo de los ritos de primavera del paganismo con las que se despedía el invierno y se propiciaban las siembras y las labores de la agricultura.

En realidad, todos los pueblos primitivos admiraron y adoraron la resurrección de la Naturaleza causada por el cambio del clima o por las vivificadoras inundaciones de los grandes ríos, después de la aparente muerte de las plantas y la sequía de los campos. Precisamente la palabra Easter, con la que se denomina al Domingo de Resurrección y se celebra esta fiesta en las naciones anglosajonas, se deriva del nombre de la diosa de primavera, Eostre (equivalente a Flora, Pomona y Pales de los antiguos romanos y griegos), cuyas fiestas se celebraban siempre entre fines de marzo y comienzos de abril.

También en la antigua Judea, la primavera anunciaba el reverdecimiento de los campos y corroboraba la existencia del ciclo de la vida que se manifiesta en el nacer, florecer, dar frutos, envejecer y morir, para volver a comenzar y así eternamente. En Egipto y en Mesopotamia, las inundaciones de los ríos Nilo, Tigris y Éufrates, por el deshielo de las montañas, se presentaban a la gente como un milagro del revivir lo que se había extinguido. Las creencias de los egipcios en la vida después de la muerte estaban indisolublemente ligadas al inmenso río Nilo, el padre de las aguas que genera verdor y abundancia en medio del desierto.

Así fue que los primeros cristianos no se desgastaron en vanos esfuerzos por erradicar aquellas antiguas creencias y costumbres, sino que las aprovecharon y se basaron en ellas para fundamentar la celebración de Semana Santa. Una celebración que se ha conservado y renovado a lo largo de los siglos, pero que en los últimos tiempo se ha modificado bastante. En efecto, para una considerable parte de la población la Semana Santa es una vacación especial que se aprovecha para descansar, divertirse en las playas y pasear en el campo, o visitar a los familiares en las provincias y en algunos casos para viajar al extranjero. Y otras muchas personas han convertido la celebración en un pretexto para entregarse a placeres vanos y dañinos, como por ejemplo el consumo desmedido de alcohol.

Sin embargo, la Semana Santa religiosa, popular y tradicional no ha desaparecido, su esplendor permanece en las costumbres de los pueblos, donde las misas solemnes, procesiones y penitencias son iguales que antes y que siempre. Ciertamente, no son pocas las personas y pueblos que conservan, cultivan y enriquecen sus creencias y prácticas religiosas, y que viven y sienten la Semana Santa como el episodio más trascendental de su fe espiritual.

Y así, en Managua pero sobre todo en las ciudades y poblaciones pequeñas, las actividades de Semana Santa siguen atrayendo a multitudes de personas que acuden a manifestar su fe y se fascinan con la hermosura y solemnidad de los arreglos en los templos y en las calles por donde desfilan las procesiones y los promesantes.  

Editorial
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