Se buscan estrategas

Douglas [email protected]

BARCELONA.- Al revisar los datos del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) nos encontramos que Nicaragua es el país del mundo con mayor dependencia de la ayuda externa, más que Mozambique o Ruanda.

En su economía, Nicaragua “es un imitador del fracaso”, me dijo Antonio Sanahuja, académico de la Universidad Complutense de Madrid que estudia las relaciones de cooperación entre la Unión Europea y América Latina.

La asistencia exterior para la nación nicaragüense, con relación a lo que produce, registraba en 1999 una tasa del 34 por ciento y en el año 2000 bajó al 25.7 por ciento, pero continuaba como la más alta del mundo, según el CAD.

Honduras, país centroamericano muy pobre, aparece en mejor posición que Nicaragua con un 7.8 por ciento de cooperación sobre su producto interno bruto (PIB) del año 2000.

Sería interesante saber qué porcentaje de la ayuda ha sido bien invertido y cuánto ha quedado en cuentas privadas de grupos gobernantes, pero como es difícil, lo más conveniente es prevenir, antes que seguir lamentando, como sugirió el presidente Enrique Bolaños en Monterrey.

La nueva política de Estados Unidos, de cortarle asistencia a los países donde campea la corrupción, tiene lógica, porque se ha “perdido” tanto dinero que carece de sentido seguir extendiéndoles la mano si, al final, la población sigue miserable y algunos dirigentes políticos aumentan sus fortunas.

“Es mejor prevenir que lamentar”, dijo Bolaños al comentar en México que los países ricos deben atender pronto las necesidades de los países pobres, para evitar que los problemas crezcan.

Los países receptores también deben tomar medidas preventivas para que el dinero de la cooperación sea bien utilizado y los ciudadanos puedan volver a confiar en los administradores públicos, porque sin esta confianza es difícil desarrollar la iniciativa empresarial y la fuerza laboral de un país y, al contrario, tiende a prevalecer el desconsuelo.

Para Estados Unidos o las naciones donantes de Europa, la corrupción de los países del tercer mundo tiene consecuencias concretas como el incremento de la inmigración o la demanda de más aportes de dinero, porque los pobres aumentan y las necesidades también.

Del dinero de la cooperación, una parte, pequeña o mediana, no sé, no ha sido invertida en la economía ni se ha perdido. La han pagado a los estrategas que en el caso de Nicaragua han escrito miles de páginas durante las últimas dos décadas, sobre cómo bajar la pobreza y aumentar la riqueza.

Sin embargo, los hechos muestran que ninguna estrategia económica puede funcionar, si olvida que necesita devolverle a los ciudadanos, empresarios o asalariados, la confianza en las instituciones del país, arrebatada por una corrupción que ha sido más fuerte que la justicia. Faltan, sin duda, nuevos estrategas.  

Editorial
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