Más empleos, ¡sí se puede!

Jorge [email protected]

En una reciente encuesta de Borge y Asociados se le preguntó a la gente lo siguiente: ¿Cuál es el principal problema de Nicaragua? Una amplia mayoría —57.3 por ciento—, respondió: el desempleo. Sólo un 6.1 por ciento opinó que el principal problema del país es la corrupción. Para la gente, entonces, su principal problema es conseguir trabajo, pero es difícil conseguirlo. ¿Cómo crear empleos? Ésa es la pregunta de los cien mil pesos.

Es fácil anticipar la respuesta de los demagogos, de los socialistas, y de muchos políticos a esa pregunta. “El Estado —dirían éstos— es el responsable de darle respuesta a la problemática del desempleo”. Y para mostrar su “preocupación” al respecto, suelen proponer que el Gobierno: aumente el salario mínimo, pase leyes que aseguren el pago de nuevas prestaciones (como la del catorceavo mes, por ejemplo), “solucione” el problema de los caficultores, “cree fuentes de trabajo”, etc., etc. Pero la verdad es que esas medidas populistas no son solución ni en Nicaragua ni en ninguna parte del mundo. Pueden, ciertamente, beneficiar a unas cuantas personas en el corto plazo, pero a costa de perjudicar a la mayoría de los ciudadanos y de perpetuar el problema del desempleo en el largo plazo.

El Estado no tiene ninguna capacidad para crear empleos productivos, pero sí tiene una gran capacidad para impedir que se produzcan donde sí pueden y deben producirse: en el sector privado. ¿Quiere decir esto, entonces, que era falso el eslogan de la campaña del Ingeniero Bolaños que decía: “Con Bolaños… más empleos, sí se puede”? ¡De ninguna manera! Se pueden crear muchos miles de nuevos puestos de trabajo productivos en los próximos casi cinco años que tiene por delante este gobierno, pero ello dependerá de que el Gobierno entienda cómo es que se crean y qué es lo que hace que mejoren los salarios, así como de que en la formulación de leyes actúe correctamente.

El Estado no puede crear empleos productivos, porque los trabajos que en él existen, o se crean, no hacen más que pasar plata de una bolsa a otra, ya que son pagados con los impuestos que pagamos los ciudadanos. Yo estoy seguro que nadie quisiera que le quiten más de sus ingresos en forma de impuestos para pagar el salario de personas que no crean riqueza para la sociedad. ¿No es así? Los únicos empleos que no empobrecen a una sociedad son los que se crean en el sector privado, porque son los que generan, no sólo una producción suficiente para cubrir su costo, sino que dejan todavía un remanente para invertir. Y no olvidemos que la inversión precede a la creación de empleos.

Tampoco podemos olvidar que la única manera de subir los salarios es aumentando la demanda por trabajadores y no disminuyéndola, que es lo que en realidad se consigue con los aumentos del salario mínimo. La demanda de trabajadores sólo puede ser producto de nuevas inversiones, y éstas, con frecuencia, son impedidas por legislaciones que en apariencia sirven para beneficiar a los trabajadores, pero que en la realidad introducen tantas rigideces y nuevos costos en el mercado laboral que al final de cuentas terminan perjudicándolos e impidiendo la creación de nuevos puestos de trabajo.

Gary S. Becker, ganador del Premio Nobel de Economía en 1992, está claro que las leyes de salario mínimo siguen siendo populares entre sindicalistas y políticos, y dice que “hasta un mago tendría dificultad en negar la ley económica que establece que un mayor salario mínimo reduce el nivel de empleo”. Alguno podría quizás estar pensando que los que están en contra de los aumentos del salario mínimo están a favor de que se paguen sueldos miserables. Todo lo contrario. Estos se han dejado convencer por la realidad —que es la que no quieren ver los pseudo políticos y similares— y han observado que en los países en donde las legislaciones laborales son más flexibles es en donde existen más empleos y en donde están los mejor remunerados.

Es bueno y saludable que en Nicaragua estemos luchando contra la corrupción, pero los empleos, que es lo que más necesita la población, se producirán solamente si, además de controlar la corrupción, el Gobierno no le pone trabas de ninguna especie al sector privado nacional y extranjero para que éste se sienta inclinado a invertir. De lo contrario, aunque el Gobierno estuviera en manos de sólo ángeles, no se crearían los puestos de trabajo que la gente tanto desea y necesita.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  

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