Franklin Bordas Lowery
La lengua es arquitecta e ingeniera, adorna y engrandece, construye con bondad y mansedumbre; pero también destruye mortíferamente, y —junto a la soberbia en acción—, es un molotov de incalculables resultados.
En la historia podemos encontrar personalidades conducidas por su lengua a las cimas más excelsas del éxito, pero también al mundo de la irracionalidad y la locura. El éxito y el poder cortejan a la soberbia. Aunque también sin éxito ni poder, la lengua es capaz de causar destrucción inimaginable. Cuenta la historia que el emperador romano Calígula, enfermó de poder de tal manera, que usaba su ejército de la forma más dispar. Por ejemplo, un día ordenó a sus tropas marchar al Canal de la Mancha y recoger conchas del mar. Después ordenaría a sus hombres regresar a Roma para traérselas, y declaró entonces que había conquistado el mar.
En el “Ensayo sobre la Soberbia”, su autor Rubén M. Castillo (columnista de La Prensa de Panamá), menciona que la soberbia de Pinochet lo llevó a afirmar que “todo lo que había hecho lo volvería a hacer”. Charles Degaulle, en alguna ocasión, haciendo gala de esa soterrada soberbia que ataca a todo ser humano, dijo: “Cuando quiero saber algo de Francia, me pregunto a mí mismo”. [En nuestro país pululan muchos dueños de la verdad absoluta, que a cada esquina van dándose contra los postes, mientras la predican a los cuatro vientos].
En medio del caldo de soberbia, la lengua declara continuamente con intransigencia. Y con el poder de su parte, quiere imponer su voluntad soberana a todo los que le rodean, en calidad de súbditos. Frases como: “yo soy el mejor”, “yo soy el que manda”, “yo soy el poder”, “yo domino”, “yo el excelso”, “yo el único”, “yo el constructor”, “el estadista”, “el grandioso”, “el centro”, “el sabio”, “la vaca sagrada”… certifican el dominio de la lengua en el sujeto, que únicamente actúa como caja de resonancia
La corrupción aflora y se evidencia por causa de la lengua del mismo corrupto, que, creyendo en su soberbia que su lengua es sagrada, le da rienda suelta, hasta romper los límites de la tolerancia, el mismo entendimiento y el sentido común. Es decir, la misma lengua da el beso, encargado de despertar a la ciudadanía, reposada en su propio cansancio y hastío.
Para el gárrulo, el propio control de su lengua escapa a su voluntad. La lengua adquiere vida propia, y se revuelve contra su mismo señor, y cada día avanza y ejerce mayormente su dominio.
El evangelista Santiago coincide en lo indomable de la lengua, y en su lectura nos dice: —“Porque toda naturaleza de bestias y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal”. (Cap. 3 vers. 7-8). Sin embargo, la lengua también es humilde y sumisa, cuando conviene. Se revuelve por dentro, pero calla con dolor indecible ante los grandes intereses.
En nuestro país, parece haber una logia misteriosa que ha venido rindiendo culto a la lengua a lo largo de estos años; pero sus sacerdotes y más altos maestros con el paso del tiempo, han ido perdiendo las facultades necesarias para mantener el dominio y el control. Muchos analistas políticos, psicólogos y psiquiatras, afirman hoy día con cierta propiedad, que los más connotados gárrulos han entrado ya al grupo de discapacitados. Dicen poder observar claramente, que han perdido el control sobre ese pequeño músculo, que ya se mueve desconectado del cerebro, causando verdaderos estragos.
Saltando alegremente los límites, y haciendo caso omiso de las fronteras de la prudencia y el respeto, el palabrero, el bocazas, el cotorro, el desbocado, el difamador, el tapudo etc… etc… como mejor quiera denominársele, es víctima y victimario de su propia lengua. La lengua al final, como arquitecta e ingeniera, diseña, creativa y lentamente su prisión virtual, y luego edifica una cárcel personal y perfecta.
El autor es escritor y consultor costeño.