Eduardo Enrí[email protected]
Da gusto poder llamar a una funcionaria de una manera que denota el respeto que se merece por haber cumplido con su obligación con profesionalismo y honorabilidad. Poder llamarla Señora Juez, que es sencillo, pero en realidad encierra todo el agradecimiento que todos los nicaragüenses le debemos.
Nada de empalagosos “excelentísimos” y “honorables” que se encajan en cuanto llegan a sus puestos los “dignatarios”, puestos que alcanzan a través de negociaciones, prebendas y chanchullos. Señora Juez, porque como ella misma dice, le ha costado.
Son varias las lecciones que la señora juez Gertrudis Arias nos ha dado.
A los periodistas nos sacó de la incredulidad y el escepticismo. Cuando supimos que el caso del Canal 6 había caído en manos de una juez suplente, entre risas de frustración los comentarios fueron: “otra juez suplente va a hacer de las suyas… al menos va a ‘arreglar’ su vida”.
Dio una lección a los grandes juristas y al Poder Judicial: Pretender decir que la Justicia en Nicaragua no sirve porque los códigos son viejos, o por las limitaciones del juzgado, o por los “vacíos” legales, es sólo una excusa. No sé cómo podrán ahora salir a la calle esos señores que se llenan la boca derrochando sapiencia y explicando por qué las cosas no funcionan.
La Justicia si funciona, y lo demostró ella trabajando duro, persiguiendo a los involucrados sin darles tregua y exponiéndose a la humillación que le hicieron pasar los soberbios, como el ex presidente Arnoldo Alemán, que la hizo esperar casi una hora, no en la sala, ni siquiera en la casa del celador, sino en el portón de su fastuosa casa-hacienda.
Pudo más ella. Esperó sola, hasta que Alemán, acorralado, no pudo huir.
La señora juez Arias ha demostrado que no es necesario escribir maravillosos libros de Derecho, o tener títulos sobre títulos o un bufete de lo más lujoso, para impartir justicia.
Nos dejó claro también que para hacer un buen trabajo en cualquier lado, no son necesarios esos rimbombantes master y doctorados que abultan el salario de los funcionarios, que no garantizan eficiencia. La señora Juez demostró que se puede tener toda la experiencia que se quiera, haber sido un gran banquero, administrador, brillante estratega… cualquier cosa, pero si no se tiene lo esencial para pararse frente al poder sin bajar la mirada y llamar las cosas por su nombre, no se logra nada.
Ahí los vimos desfilar uno a uno, admitiendo que a pesar de toda su preparación, de todo su aparente poder, de toda su soberbia, no pudieron aguantar un telefonazo con un “recado” del Hombre y diligentemente se pusieron a sangrar al Estado, al pueblo. Muy claros de que lo que hacían estaba mal hecho, pues todo fue por teléfono o esgrimiendo otros propósitos.
La señora Juez nos dio una gran lección. Lo único que se necesita es honradez, valentía, orgullo y sentido común. Podría hacer aquí una larga lista de juristas, honorables magistrados y excelentísimos funcionarios que no tienen siquiera una de esas características, pero ya me quedé sin espacio.
Gracias, señora juez Gertrudis Arias, usted es una ¡Señora Juez!