La Pasión de Safiya

Durante mucho tiempo, la relación de Nicaragua con Nigeria fue sólo la vecindad de sus representantes en los foros internacionales, pues por el orden alfabético ocupan lugares consecutivos. Sin embargo, en los últimos años se estableció una relación distinta entre ambos países debido a algunas operaciones que hizo aquí la mafia nigeriana, que es una de las agrupaciones criminales más extendidas del mundo.

Ahora, en Nicaragua se habla de Nigeria —igual que en todo el mundo—, por el caso de Safiya Hussaini, la campesina analfabeta que fue condenada por un tribunal musulmán a morir por lapidación, y cuyo dramático predicamento ha motivado una impresionante movilización de solidaridad en defensa de su vida.

Tal como informó LA PRENSA, el miércoles de esta semana, un tribunal islámico de apelación aplazó hasta el lunes próximo su veredicto sobre la condena a muerte contra la mujer de 35 años, quien fue sentenciada en octubre del año pasado a morir apedreada con el cuerpo enterrado en la arena, excepto la cabeza, por el “delito” de haber concebido una hija con un vecino casado, según la ley islámica (“sharia) que se aplica en el norte de Nigeria desde 1999.

Safiya, divorciada tres veces y madre de cinco niños, en su defensa aseguró ante los jueces que un vecino —primo suyo— la había violado, pero el inflexible tribunal islámico alegó que ella no demostró la violación. En otro esfuerzo por salvar la vida, Safiya cambió la declaración y dijo que su hija Adama, quien nació en febrero del año pasado, en realidad le fue engendrada por su ex esposo, Yusuf Ibrahim, del que se divorció hace dos años y con quien mantuvo relaciones sexuales después de la separación. Pero la segunda declaración de Safiya también fue desestimada por el tribunal.

Según la ley islámica (“sharia”) que se aplica en algunos estados del norte de Nigeria, los ex esposos pueden mantener relaciones sexuales hasta siete años después de la disolución del matrimonio, sin incurrir en adulterio, y los hijos que resulten de esas relaciones son considerados como legítimos.

Ahora bien, en todos los países islámicos, contra las mujeres se cometen en mayor o menor medida y con distintos grados de crueldad, actos de violencia legales o de hecho, porque se les considera y trata como a seres inferiores. Todos los días, millones de mujeres en los países islámicos pero también en muchas otras partes del mundo y de distintas culturas y creencias religiosas, son sometidas a tratos degradantes, inclusive la tortura y el asesinato. Además, la pena de muerte en sus diversas modalidades —incluida la lapidación— se ejecuta en 69 países del mundo, mientras que en otros 47 existe legalmente y, aunque no se aplica, sus gobernantes y sociedades no se deciden a abolirla, como lo exige el derecho humanitario universal.

Pero el caso de la mujer nigeriana condenada a muerte por una costumbre fanática y salvaje, es emblemático. Y en el mundo cristiano, en vísperas de Semana Santa la Pasión de Safiya ha sensibilizado la conciencia de millones de personas y desencadenado un movimiento universal de solidaridad —que es como la globalización del humanismo—, que no tiene precedentes para un caso de esta clase.

En realidad, si el mundo civilizado clama justamente contra la pena de muerte aún en los peores casos de criminalidad, con mucha mayor razón debe hacerlo en una situación como la de esa indefensa madre de cinco niños, que fue condenada a morir con la cabeza destrozada a pedradas sólo porque se le acusa de tener relaciones con un hombre que no es su marido, y de parirle una hija.

Esa infamia subleva la conciencia. No hay ninguna razón cultural ni religiosa que explique y mucho menos que justifique la barbarie contra Safiya de Nigeria, y contra todas las safiyas de los países islámicos y de cualquier otra parte del mundo donde se practica la crueldad contra las mujeres, por el sólo hecho de ser mujeres.

Como dijo monseñor Olubunmi Okogie, arzobispo católico de Lagos, la capital de Nigeria: “Gracias al interés de la comunidad internacional Safiya vivirá. Cada vez que se aplique la sharia haremos un ruido tal que el mundo no podrá ignorarnos nunca más”.  

Editorial
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