La gente y los gallos

Luis Sánchez [email protected]

A propósito de que la revista “Gente de gallos” está cumpliendo el cuarto aniversario de su publicación, me han dicho que la pelea de gallos es el segundo deporte nacional de Nicaragua, detrás del béisbol. Debe ser. Pero a mí no me gustan porque me parecen crueles y de mal gusto.

Creo que Santo Tomás tenía razón, al condenar la crueldad contra los animales, a la que consideraba como preludio de la perversidad contra los humanos. Estoy de acuerdo con Leonardo da Vinci, quien dijo que los hombres se humanizarían hasta que amaran a los animales. Me parece razonable lo que escribió el gran antropólogo francés del siglo XX, Claude Leví-Strauss, acerca de que el pecado original del hombre fue haber roto con el medio natural, y por lo tanto con los animales. Y admiro a Suecia, donde las vacas tienen derecho —por ley— a salir de paseo una vez al día.

Pero volviendo al gallo, se conoce que este animal existe desde tiempos muy remotos, que pertenece a la familia de los fasiánidos y fue domesticado ya en la Edad de Bronce, con fines “deportivos” y comestibles (la gallina). Es originario de la India (en China hay un testimonio de hace más de 3,300 años en el que se dice que fue llevado “del país del oeste”, o sea de lo que ahora es la India) y a América vino con los españoles.

El gallo es pleitista y —quizás por eso mismo— muy poco inteligente (a propósito, creo que la persona que nombró “gallo ennavajado” a Daniel Ortega, para la campaña electoral de 1989-90, no estimaba para nada al comandante sandinista). A la gallina, por su parte, se le considera además de tonta, cobarde, aunque cuando está clueca, para proteger a sus polluelos se vuelve tan feroz como el más bravo gallo de pelea.

“Es un gallo”, se dice del hombre agresivo y jactancioso. Gallo se le llama a quien todo lo manda o quiere mandar. En algunos lugares de América le dicen gallo al gargajo. En Perú, gallo es una botella que usan los enfermos encamados, para orinar. Cuando algo se hace con rapidez, se dice “en menos que canta un gallo”. Gallo se le llama a la nota falsa que emite una persona al cantar. Y “otro gallo le cantaría” se dice cuando a alguien le habría ido mejor si hubiese hecho las cosas de distinta manera. Gallina, en cambio, se le llama a la persona tímida, pusilánime y cobarde.

Pero al gallo están asociadas muchas moralejas y anécdotas ejemplares. Jesús advirtió a Pedro que en el momento cumbre de la Pasión lo negaría en tres ocasiones, antes de que el gallo cantara por segunda vez. Eso quedó para la posteridad como ejemplo de deslealtad.

Sócrates, antes de ingerir la mortal cicuta pidió a Xantipa —su esposa— que no olvidara pagarle a Hipócrates el gallo que le debía, porque el hombre hasta en el momento de la muerte debe honrar sus deudas. Según otra versión, no era a Hipócrates, sino al dios Esculapio, al que Sócrates debía el gallo, como sacrificio, y que no fue a Xantipa sino a su discípulo Critón, a quien pidió pagar la deuda. En cualquier caso, es trascendental la integridad moral de la anécdota socrática del gallo…  

Editorial
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