Julio Ignacio [email protected]
Hemos insistido en la necesidad urgente de la reconstrucción política y la reforma del Estado, pero no podemos olvidar lo más importante: la reforma del carácter ciudadano, porque aquella sin ésta, de nada sirve.
Cuando fueron derrotados los sandinistas en las urnas electorales en 1990, y en 1996, el objetivo de muchos fue: “Ahora me tengo que recuperar a como dé lugar”, y así lo hicieron algunos a expensas del Estado, sin escrúpulos de ninguna clase, comprometidos únicamente con sus intereses personales, y un número determinado de los que tenían las riendas del gobierno, se pusieron al servicio del mejor postor, y no contentos con nuestros propios corruptos, hasta se importaron algunos como los “reboredos” y compañía, para que vinieran a terminar de chupar la sangre de nuestro pueblo agonizante.
Se corrompieron muchos prestigios, bastantes dignidades sucumbieron, y las instituciones se desestabilizaron peligrosamente convertidas en un mercado persa.
El “bisneo” instaurado en el régimen sandinista, y origen de nuevas fortunas que aparecieron milagrosamente de la noche a la mañana, fue practicado a la sombra del poder, sin escrupulosidad ninguna, y ha continuado al día de hoy.
No se puede ocultar que uno de los mayores incentivos en el fomento de la corrupción en Nicaragua, ha sido el mal ejemplo de los gobernantes. El mal ejemplo que va de arriba hacia abajo en las esferas gubernamentales ha sido determinante en nuestra corrupción.
Así ha ocurrido en las últimas seis décadas, donde en ciertos períodos fue difícil distinguir entre el patrimonio estatal y el de la familia gobernante, o en otras, donde incluso se robaron entre sí los integrantes de las élites, y la desaparición de cientos de miles de dólares que algún camarada se llevó era una minucia sin importancia, o, en otras, con el tráfico de propiedades expropiadas a precios irrisorios a favor de parientes, clientes políticos, o el “cañoneo” de voluntades, y, por último, la gota que rebalsó el vaso, nacional e internacionalmente.
Por eso fue significativo y digno de encomio, elogio y celebración, el buen ejemplo del Presidente electo don Enrique Bolaños, y su esposa doña Lila T., que en sus cumpleaños y otras celebraciones llamaron a que no les enviaran regalos, mucho menos si eran adquiridos a costa del erario.
La política está hecha de pequeños detalles, y ese ejemplo será de monumental efecto en nuestra cultura tradicional, y sin duda está fijando un patrón de cambio para el futuro, que los integrantes del próximo gobierno tendrán que seguir, y en los venideros será difícil no cumplir una vez que sea establecida la tradición. Por eso es imposible no mencionar, ni dejar sin aplaudir también, el gesto de Eduardo Montealegre, futuro Ministro de Finanzas, que de inmediato anunció la venta de sus acciones en una institución bancaria para evitar conflictos de intereses con su nueva posición.
Esa pauta ejemplar que ha señalado don Enrique con el apoyo de su señora esposa, será de impacto en la reforma ciudadana que tanta falta nos hace, porque de nada servirá pretender hacer reconstrucciones políticas, o reformas de los estatutos del Estado, sin un cambio significativo en nuestra cultura y en el carácter ciudadano, y ese cambio no está en el poder de nadie más, que en cada uno de nosotros mismos.
El autor es jurista, ex ministro del Trabajo.