José Antonio Ocampo
Aún sin el ataque terrorista del 11 de septiembre, el año 2001 pasaría a la historia como el fin de uno de los auges especulativos más notorios del devenir económico mundial.
Aprendimos, una vez más y en contra de la curiosa teoría que proclamó hace pocos años la muerte del ciclo económico, que las fluctuaciones económicas están en la esencia misma de nuestro sistema económico. El ataque terrorista acentuó esta tendencia y transformó lo que ya era la desaceleración más fuerte en dos décadas en una abierta recesión mundial. Generó, además, nuevas incertidumbres. Intuimos, pero en el fondo desconocemos, las verdaderas implicaciones de largo plazo de este hecho.
Lo más positivo de la coyuntura económica mundial ha sido la respuesta rápida y contundente de las autoridades económicas norteamericanas. Siguiendo preceptos keynesianos (que algunos analistas también habían enterrado), respondieron a la desaceleración de la demanda con una reducción drástica de las tasas de interés y expansión fiscal. Las autoridades europeas han sido más renuentes a una y otra medida. El costo ha sido una desaceleración mucho más fuerte de lo previsto y una posible recesión. Las autoridades japonesas iniciaron, por su parte, un proceso de reestructuración cuyo impacto de corto plazo reconocen como adverso.
En América Latina y el Caribe, la magnitud y velocidad de la desaceleración sorprendió a la mayoría de los analistas. A diferencia de las dos crisis anteriores (1995 y 1998-1999), la actual es generalizada y el elemento decisivo es la fuerte caída en el crecimiento del volumen de exportaciones, del 12% en el 2000 al 2% en el 2001. A ello se agrega una reducción bastante generalizada de los precios de materias primas. La caída drástica de los flujos de turismo, que afecta con fuerza a los países de la cuenca del Caribe, fue un efecto inmediato de los ataques terroristas que aún perdura, aunque se ha atenuado recientemente.
Los flujos privados de capital han jugado un papel mucho menos importante como mecanismo de transmisión de la crisis hacia América Latina. Desde la crisis asiática, sin embargo, dichos flujos han sido erráticos y las condiciones de financiamiento (plazos y costos), desfavorables. Los efectos positivos de la reciente disminución en las tasas internacionales de interés se sentirán eventualmente, pero hasta ahora han sido contrarrestados por la escasa disponibilidad de financiamiento y por el aumento en los márgenes de riesgo.
En cualquier caso, el giro brusco de la cuenta de capitales golpeó fuertemente a Argentina, aunque el contagio correspondiente fue mucho más restringido que en episodios anteriores, ya que se concentró en los países del Mercosur y tendió a desaparecer en los últimos meses del año. El elemento adicional más importante fue la disminución de la inversión extranjera directa, aunque los montos correspondientes siguen siendo elevados.
La vulnerabilidad de nuestras economías ha quedado nuevamente demostrada. La secuencia de un lento crecimiento en el 2001 (0.5%) y en el 2002 (1.1%) es la peor para dos años consecutivos desde fines de los ochenta.
Sin embargo, se ha evitado en casi todos los países que la coyuntura adversa se traduzca en una crisis financiera o de balanza de pagos. Éste es el elemento más positivo y refleja la mayor credibilidad de las autoridades macroeconómicas. Por su parte, algunos países han hecho un uso moderado del amortiguador fiscal. La mayoría de aquellos que cuentan con regímenes cambiarios flexibles mejoraron su competitividad en esta materia y, en varios casos, hicieron uso del margen con que cuentan sus bancos centrales para reducir las tasas nacionales de interés. No obstante, como reflejo del ambiente generalizado de incertidumbre, el crédito no se ha reactivado en forma notoria en ningún país.
La sucesión de crisis que han enfrentado la región y el mundo entero en los diez últimos años deja en evidencia la necesidad de adoptar una visión más amplia de la estabilidad macroeconómica que, aparte de los logros en materia de reducción de la inflación y el control fiscal, avance hacia la reducción de la fuerte volatilidad de los ritmos de crecimiento y recupere espacios para políticas macroeconómicas que atenúen, en vez de acentuar, los ciclos económicos.
También queda claro que es hora de atacar mucho más a fondo las debilidades de nuestros sistemas productivos y financieros, que se reflejan en déficit comerciales y necesidades de financiamiento elevadas y persistentes, aun en períodos de fuerte desaceleración económica. Para ello se debe adoptar el tipo de políticas activas para economías abiertas orientadas a la competitividad sistémica que la Cepal propone desde hace una década. Una integración regional sólida es parte esencial de esta propuesta y constituiría a largo plazo nuestro mejor mecanismo de defensa conjunta, pero para ello es necesario aproximar gradualmente los regímenes macroeconómicos de los distintos países.
Resulta evidente que nuestro desarrollo depende críticamente de un ambiente internacional favorable, constituido por economías industrializadas dinámicas y abiertas, y por una arquitectura financiera internacional perfeccionada, que corrija precisamente el sesgo fuertemente procíclico que caracteriza el manejo macroeconómico de los países en desarrollo.
El autor es Secretario Ejecutivo de la Cepal.