El árbol de la vida

Luis Sánchez [email protected]

En el editorial de LA PRENSA del 24 de diciembre (“Simbología y significado de Navidad”) se citó una explicación de Radio Vaticano sobre el “falso dilema planteado entre el Belén (Nacimiento) y el Árbol de Navidad”. La tradición del Árbol de Navidad, según la Radio Vaticano, se origina en la historia del árbol del bien y del mal, del que Adán y Eva comieron la manzana y por lo cual fueron expulsados del Paraíso. De ese mismo árbol o “madero del pecado” se haría después la Cruz del Calvario.

En realidad, desde la remota antigüedad el árbol ha sido parte de las creencias religiosas. Los hindúes consideraban a la higuera como árbol sagrado. Los celtas y los griegos, la encina; pero estos últimos también consagraban el pino a Cibeles, el olivo a Minerva, el laurel a Apolo, el loto y el mirto a Venus, la viña a Baco, y así por el estilo.

Con respecto al drama de la pérdida del Paraíso, una antigua leyenda cuenta que Eva no cortó con la mano la manzana del árbol del bien y del mal, de la que comió y dio de comer a Adán. La cortó con una rama del otro árbol que había plantado Dios en el Jardín: el árbol de la vida. Eva conservó aquella rama y la tenía en sus manos en el momento en que Dios los condenó, lo mismo que cuando abandonaron el Paraíso; después la guardó como un recuerdo, y cuando se instaló con Adán en algún lugar al este del Paraíso, la sembró en la tierra. Muy pronto la rama enraizó y se convirtió en un árbol enorme, pero blanco y frío como la nieve.

Adán y Eva solían tenderse bajo la sombra del enorme árbol blanco a lamentar la pérdida del Paraíso y a añorar sus delicias. Y un día decidieron llamar “árbol de la muerte” a aquel que, paradójicamente, había crecido de una rama del árbol de la vida. Sin embargo, apenas Adán y Eva habían tomado tal decisión, tronó en los cielos una voz sobrenatural que les dijo: “Vuelvan a la esperanza y confórtense el uno al otro, porque la vida triunfará sobre la muerte”. Y entonces los padres primigenios cambiaron su decisión, y lo llamaron “árbol de la vida”.

Un viernes —que curiosamente, según la mitología griega era el día consagrado a Venus, la diosa del amor—, la potente voz del cielo se volvió a escuchar, excitando a Adán y Eva a que se unieran bajo el árbol —ahora llamado de la vida— en un solo cuerpo y alma. Así lo hicieron, en efecto, durante toda la noche, y fue entonces que engendraron al bondadoso Abel, hijo del amor. Y al amanecer, Adán y Eva vieron, maravillados, que el árbol ya no era blanco, sino que se había vuelto verde y jugoso, como la hierba fresca de los campos.

Desde entonces existe la creencia de que en el árbol que está más cerca de cada vivienda se aloja el espíritu protector de la familia. Que por eso, engendrar un hijo es como plantar un árbol. Y que sólo deja huellas en su paso por la vida terrenal el hombre que alguna vez, al menos, engendra un hijo y siembra un árbol.  

Editorial
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