Ernesto J. Marín
Un reto deja de serlo cuando surge la solución para encontrar la respuesta. Idílicas palabras tendientes a normalizar problemas heredados de administraciones fenecidas. No quisiéramos estar bajo la epidermis de don Enrique y de José Rizo. Es tan triste ver llegar a tantos desfavorecidos de la fortuna, y más triste es observarlos salir de sus posiciones gubernamentales “forrados” hasta más no desear, con dineros ajenos, acompañados por la ya crónica alcahuetería del sistema cuyos gestores se mueven queriendo adornar sus deformadas imágenes con sonrisas artificiales, ordinarieces, repugnantes, exhibiendo posturas de New Rich, y valiéndose de una parafernalia artificial y toscamente asimilada, presentándose como lo que son, auténticos megalócratas y cleptómanos empedernidos. Es increíble cómo una “corte áulica de pedigüeños” sin el menor rubor, se pasea por medio mundo, léase Europa, con viáticos de centenas de dólares diarios, legiones de desvergonzados, mal educados, que escupen sobre las alfombras, incultos que el inglés que mastican es el miamense cubano o el texano mexicano, todos amparados como parientes o amigos muy allegados del señor jefe supremo que los protegía y cobijaba.
Sin ánimo de aparecer como un director protocolario de las buenas costumbres, me he sentido con la obligación ciudadana como descendiente de Diriangén (el más aguerrido de nuestros antepasados) aunque mezclado con vascos y andaluces hispánicos.
Como un liberal, creo y siento que el espíritu del partido está dirigido, maniobrado y aplastado por quien no tolera que nadie dude de su crasa incapacidad para manejar y despertar las simpatías del partido, porque él se cree, respetado lector, el centro de la balanza, y desde la opinión de mis pobres amigos liberales, no hay ramita que no se mueva sin el resoplido de su respiración alterada, enarbolando todavía un caudillismo obsoleto, arcaico, y característico de las primeras décadas del siglo pasado.
Ya tendrán nuestro nuevo presidente y su cercano colaborador, don José, suficiente y arduo trabajo que realizar. Hacer un amplio saneamiento, limpiar y desmontar en parte el aparato del Estado, prescindir de muchos esquilmadores y aprovechados, y, lo más importante, reforzar con vigor a la Contraloría, la Fiscalía de la República y el tan invocado Poder Judicial.
Tamaño trabajo, señores nuevos mandatarios. Existe tanta mancha que adorna a un majestuoso tigre de Bengala de 600 kilos, que lo haría aparentar ser la mascota del gatito de la casa que sólo se alimenta de pingües ratoncitos bodegueros.
Según la opinión pública, el partido requiere hacerse una autoclisis para expulsar tantas fístulas purulentas que nos siguen infectando, aunque el paciente, la bella Nicaragua, se resiste a expirar, aguardando ansiosa el nuevo tratamiento a que será sometida por los que fueron buscados, encontrados, seleccionados y elegidos por la mayoría de los electores de este castigado país.
El autor es diplomático.