Rebelión moral en la granja

El periodista y escritor británico George Orwell (1903-1950), cuyo verdadero nombre era Eric Blair, se hizo famoso ante todo por sus novelas “La granja totalitaria” y “1984”, en las que describió una sociedad gobernada por el totalitarismo. Y relató —en la primera de ellas— cómo en la sociedad totalitaria, organizada como una granja, llega de manera inevitable un momento en que se produce la rebelión de los animales.

La moraleja de Orwell es que en toda sociedad totalitaria se producen, finalmente, la disidencia y la rebelión, porque el totalitarismo atenta contra la esencia libertaria del ser humano, que es propia también de la naturaleza de los animales. Y si la disidencia y la rebelión surgen hasta en los regímenes totalitarios más absolutos y sangrientos, como el nazi-fascismo y el estalinismo, con mucha mayor razón deben darse bajo dictaduras mediocres (como la somocista) o autoritarismos ridículos, como el que ha impuesto en Nicaragua el presidente Arnoldo Alemán.

Precisamente, una especie de rebelión moral en la granja oficialista de Nicaragua es la que está ocurriendo ahora que el ingeniero Enrique Bolaños —candidato triunfador del PLC— se apresta a asumir la Presidencia de la República, mientras que el todavía presidente Arnoldo Alemán pretende seguir gobernando (“desde abajo”) en su condición de diputado regalado por el pacto libero-sandinista y de probable presidente de la Asamblea Nacional.

El ataque del presidente Alemán contra miembros de su propio partido y algunos designados para integrar el próximo gobierno, a quienes el lunes pasado insultó grotescamente por medio de la radio y la televisión del Estado, es porque éstos no quieren que el diputado regalado presida en el próximo período la Asamblea Nacional. Pero quienes se oponen a que Alemán asuma la presidencia parlamentaria tienen toda la razón, y no sólo porque ésta podría ser un foco de conspiración contra el gobierno de Bolaños y fuente de inestabilidad política del país, sino también porque el solo hecho de que alguien ocupe un escaño legislativo sin haber sido elegido por el voto popular, como manda la ley y exige la decencia política, es una ofensa a la dignidad nacional y un atropello a los principios democráticos. Y es mucho mayor la ofensa y el atropello a los valores democráticos, si el diputado no electo y por lo tanto usurpador de un escaño entre los representantes elegidos por el voto popular, se impone de cualquier modo para presidir el Poder Legislativo de la nación.

La legitimidad de un gobierno democrático se funda en que los funcionarios de las instituciones representativas ocupen sus cargos por voluntad y mandato libre y expreso de los ciudadanos. De manera que si tales autoridades no son elegidas libremente por el pueblo, se falsifica y pervierte la democracia, y una democracia pervertida es la forma más plena de ilegitimidad. En consecuencia, quienes así gobiernan —en el Poder Ejecutivo o en el Poder Legislativo— no merecen el respeto de la nación, y sus decisiones, o más bien, sus imposiciones, no tienen por qué ser acatadas por los ciudadanos.

Decían los antiguos romanos que las leyes sin las costumbres son vanas. O sea, que son las realidades sociales y en última instancia las actitudes personales, las que llenan de vigor las normas y dan autoridad a las instituciones, y, por lo tanto, las que aseguran y obligan a su vigencia y respeto. Ello significa que lo decisivo en la formación de las instituciones y las leyes, y en la obligatoriedad de su respeto y acatamiento por los ciudadanos, es el imperio de los principios y valores morales, sin los cuales el poder se convierte en una falsedad.

Por eso es muy bueno que haya disidencia y rebeldía dentro del régimen autoritario y corrupto establecido en Nicaragua durante los últimos años, que ha pervertido las instituciones y pisoteado los principios básicos de la representatividad y la dignidad de la democracia. Y mucho más importante aún, es que asuman el gobierno personas comprometidas con la defensa y la restauración de los principios morales de la política, pues sólo con un sólido liderazgo ético se podrá poner fin a las aberraciones de la democracia y transformar a Nicaragua desde sus cimientos materiales y espirituales.  

Editorial
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