Una vez más, la Argentina se encuentra sumida en una profunda crisis económica y social. Y decimos una vez más, porque es un país que por diversas razones en los últimos 60 años ha pasado de una crisis a otra, sufriendo golpes de Estado, dictaduras militares, el terror de los montoneros, renuncias presidenciales, prolongados procesos hiperinflacionarios, etcétera.
¿Qué le ha pasado a la Argentina? Esa es la pregunta que el escritor Carlos Fuentes se planteó en un artículo reciente. Fuentes resalta la riqueza natural del extenso país sudamericano, “sus fértiles llanuras… sus inmensos ríos, largos, profundos, navegables”. Y se hace estas preguntas: “¿Qué han hecho los argentinos de la Argentina? ¿Por qué teniéndolo todo, han acabado sin nada?” “¿Cómo es posible que uno de los países más ricos del mundo esté al borde de la quiebra?” Fuentes no aventura ninguna respuesta; no sabemos si porque la ignora o porque tendría que reconocer causas y razones que no quisiera afrontar. Pero es cierto: ¿cómo es posible que un país que a principios del siglo XX tenía un estándar de vida muy similar al de Estados Unidos esté sumido a inicios del siglo XXI en una situación tan caótica y desesperanzadora?
Esa es la pregunta de fondo que hay que contestar, si es que queremos ser serios en la explicación de lo que ha venido sucediendo en ese país sudamericano en el último medio siglo. Resulta muy fácil —como de manera ignorante e irresponsable hacen algunos ahora— culpar de la debacle argentina al Fondo Monetario Internacional, al “neoliberalismo”, o a algún otro “villano”. Esas personas no se preguntan por qué en esos mismos 50 ó 60 años otros países han experimentado un proceso a la inversa, es decir, que han pasado de pobres a ricos.
¡Ah!, dicen algunos, si tan sólo la Argentina no se hubiese comprometido por ley a ligar su moneda al dólar estadounidense, bien hubiera podido devaluar el peso para hacer más competitivas sus exportaciones. Ese argumento —que tiene una validez sumamente marginal— ignora el hecho de que, si esa fuera la solución, habría que preguntarse: ¿por qué la Argentina en los años ochenta no era del todo competitiva a pesar de que su moneda se depreciaba aceleradamente?
A principios de los noventa la Argentina hizo lo correcto: aprobó la Ley de Convertibilidad, mediante la cual se comprometió a que todo peso en circulación estaría respaldado por un dólar en reservas. Con eso Argentina empezó a restablecer el elemento esencial para poder ser parte de la economía mundial: la confianza. Los resultados no se hicieron esperar. Argentina empezó a ser tomada en serio por los inversionistas internacionales y el país empezó a crecer nuevamente. ¿Qué fue, entonces, lo que sucedió?
El economista argentino Pablo Guido va al fondo del asunto cuando dice que: “No es que se fue demasiado rápido con las reformas y la nueva estructura institucional no pudo ser asimilada por los agentes económicos. Todo lo contrario: no se removieron viejos vicios del pasado, y esto fue lo que nos llevó a la actual situación de crisis en la cual hoy nos encontramos. El elefante torpe e inútil en el que se convirtió el Estado argentino no se reformó y siguió creciendo; la tibia apertura comercial iniciada con el Mercosur finalizó en una gran muralla regional hacia el mundo; las desregulaciones en los sectores de la salud y del mercado laboral tuvieron marchas y contramarchas que terminaron manteniendo el coto de caza de los sectores sindicales; el sistema tributario nunca pudo frenar su comportamiento esquizofrénico y devorador de cualquier estímulo innovador empresarial. Y todo esto acompañado por la fenomenal deuda del sector público que crecía a un ritmo inconsistente con el desarrollo de la economía”.
¿Cómo saldrán los argentinos de esa situación? No lo sabemos con exactitud. Pero sólo tienen un camino, si es que quieren volver a ser grandes como lo fueron en el pasado. Y ese camino pasa, inevitablemente, por entender que el Estado no puede gastar más de lo que ingresa como consecuencia de un sistema impositivo moderado que no interrumpe la creación de riqueza. Ojalá que ellos lo entiendan… y nosotros también.