La Cultura no es una mercancía comercial

Clemente Guido Martínez

La cultura de la nación nicaragüense es su espiritualidad misma, por lo que es deber del Estado su protección, fomento, promoción y divulgación.

El Estado de Nicaragua debe contar con “Políticas Culturales de Estado”, definidas por la nación en su conjunto a través de mecanismos de consulta que de forma auténtica produzcan los principios, objetivos y estrategias rectoras de esas políticas culturales del Estado nicaragüense.

En este sentido, la nación debe convocarse a múltiples consultas a las que tengan acceso todos aquellos sectores de la población, que libre y voluntariamente deseen dar su aporte a la definición de esos principios, objetivos y estrategias rectoras para la cultura.

Consultas que conduzcan a un Congreso Nacional de Cultura Nicaragüense, donde todos los poderes del Estado, los partidos políticos, la Empresa Privada, las iglesias y las fuerzas organizadas de la Sociedad Civil, puedan conocer los resultados de las consultas y transformen estas opiniones, sugerencias, ideas y aportes en general, en propuestas de Políticas Culturales del Estado Nicaragüense para el largo plazo.

Con lo antes propuesto se pretende terminar de forma decisiva y definitiva con la ausencia de políticas culturales de Estado, que independientemente de las características particulares de los gobiernos y de los aciertos y desaciertos que las diferentes administraciones realizan en sus períodos, se eleven por encima de éstas y le den a la nación nicaragüense la oportunidad de contar con instrumentos teóricos, jurídicos, legales y administrativos suficientes como para garantizar su identidad cultural.

Esa espiritualidad de la nación, que es su cultura, le da su identidad entre todas las demás naciones, dándole un rostro propio, altivo y orgulloso de su ser.

Por esto, las concepciones mercantilistas de la cultura deben ser rechazadas, pues la piensan como una mercancía a la que hay que buscarle solamente su aspecto de rentabilidad económica, que si bien la tiene, no es éste su fin fundamental, sino apenas tangencial.

Tampoco se pueden aceptar las filosofías que conciben a la cultura como un instrumento de ideologización, propaganda y adoctrinamiento partidarista, desvirtuando una de las esencias más verdaderas de lo artístico, como es su esencia libertaria.

No ha conocido el ser humano más poderoso medio para expresar sus profundas convicciones de libertad, que el arte en sus múltiples y variadas manifestaciones artísticas.

El arte sin condiciones ni cadenas, gozando de plena libertad, es un principio que se debe valorar como propio e intrínseco de los principios de libertad y humanismo de las sociedades contemporáneas, por lo que se debe asumir y proponer como parte fundamental de nuestra propia Constitución Política como Estado Nacional, profundizando lo que ya está establecido en la Constitución vigente.

La cultura no puede concebirse como mercancía comercial ni como mercancía partidista, por lo que no se le puede dejar a merced ni de forma absoluta en manos de la Empresa Privada y su mecenazgo, el cual hay que estimular con nuevos incentivos fiscales; ni de forma absoluta en manos de los partidos políticos a través de sus gobiernos o de sus organismos culturales, aunque siempre es deseable que el tema cultural sea parte de sus esquemas de organización y agendas partidarias.

El Estado, por su vocación de organización política superiora de la nación nicaragüense, está convocado y obligado a definir políticas culturales que le otorguen a lo cultural un lugar en la agenda nacional, de forma permanente, y no sólo electoral o conmemorativa.

El Estado no puede omitir o disimuladamente apartar lo cultural de sus temas de interés. No es un asunto de cuantías presupuestarias. Los presupuestos sólo son un pálido reflejo de la existencia o ausencia de políticas culturales de Estado en un país determinado.

Los presupuestos que destinan los gobiernos a lo cultural dependen de las políticas culturales estatales y no viceversa. Por eso, debemos poner énfasis en las consultas y la propuesta del Congreso Nacional de Cultura, más que abordar de forma puntual los ya conocidos problemas económicos y administrativos de las instituciones públicas o privadas dedicadas al fin cultural.

Debemos convocarnos todos los nicaragüenses, amantes de nuestra cultura, para que esta propuesta de un Congreso Nacional de Cultura Nicaragüense, antecedido por una consulta nacional, sea impulsada por todos y asumida por todos como un cuerpo armonioso y unido de nación.

El autor es ex Director del Instituto Nicaragüense de Cultura.  

Editorial
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