Regina Fuentes D.*
La historia refleja cómo los pueblos en todos los tiempos han utilizado sus festividades para manifestar su alegría y agradecimiento por algún acontecimiento. En el caso del pueblo de Israel las fiestas tenían la función de actualizar su agradecimiento a Dios por todo lo que había hecho a su pueblo y manifestarle de nuevo su adhesión y confianza.
Dentro de este contexto, los cristianos celebramos anualmente la Natividad del Señor. Conmemoramos el gran acontecimiento: un Dios que se hace hombre para mostrarnos el camino hacia la Eternidad. Es el día que celebra el nacimiento del Hijo de Dios.
La Fiesta de la Navidad nos trae una lección de alegría, humildad y paz. Cada uno de nosotros hemos de plantearnos cómo vamos a llevar a nuestras vidas esta lección para hacer felices a quienes rodean, empezando desde luego con los más próximos: nuestra familia, nuestros empleados, nuestros amigos.
Decía al principio que para los cristianos las fiestas tienen su función de agradecimiento por los dones recibidos y de manifestación de nuestra adhesión y confianza en Dios. Así en esta Navidad tenemos que conseguir que en nuestra familia, en nuestro ambiente social, sean efectivamente unos días de siembra de alegría, de paz, de preocupación de unos por los otros, de más espíritu de servicio, de mayor sentido positivo.
No podemos centrar la Navidad en los nacatamales, en los tragos, en el árbol o en los regalos. Es una buena ocasión de despertar en nosotros y en los hijos un mayor sentido de generosidad.
La pérdida del sentido de la Navidad ha hecho que muchos transformen esta festividad en una simple ocasión del trato social o, en el mejor de los casos, de sentirse bondadosos. No se trata de ser “bonachones”, sino que se trata de que estas fiestas representen un cambio interior, que realmente reviva en nosotros una mayor generosidad en torno a nuestra familia, y en torno a quienes conviven con nosotros en la vida profesional.
De allí, que la Navidad debe despertar en nosotros un mayor afán de compartir con los hijos, de vencer los gestos de mal humor, de escuchar. Puede ser también la ocasión de visitar a algún pariente mayor y llenarlo de alegría con nuestra visita. O tal vez, visitar a aquel empleado que tuvimos hace años, y que sabemos necesitado de calor humano. No estará tanto en la cantidad de lo que compartamos, sino en la calidad del amor que pongamos al hacerlo.
Decía el beato Josemaría Escrivá: “Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con gran fuerza: ¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones!.. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida”. (Es Cristo que pasa n.22).
Recientemente, el prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echeverría, ha señalado en la aprobación de un milagro atribuido al beato Josemaría Escrivá: “A pocas horas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable. No basta suplicar a Dios los milagros. Jesucristo nos llama a ser “sembradores de paz y de alegría” como repitió con constancia Josemaría Escrivá. Y S.S. Juan Pablo II acaba de recordar que la paz se construye con obras de justicia y de perdón. Colaboremos, por tanto, con la Providencia divina para lograr el don inmenso de la paz. Es propio de los hijos de Dios pedir perdón, rectificar cuando personalmente hemos ofendido. Y reconforta mucho perdonar, sin guardar resentimientos. Llevemos esta comprensión a nuestro alrededor, a la propia familia, a los amigos, a los colegas… Y de este modo, por círculos concéntricos, cada vez más amplios, se irá difundiendo ese espíritu de fraternidad y misericordia que el mundo anhela”.
Reflexionemos sobre el sentido de la Navidad. Pensemos qué podemos hacer para que en nuestros hogares se respire ese aire de generosidad, de alegría, de paz. Sobre todo qué podemos hacer cada uno personalmente para que en nuestras casas la imagen del Hijo de Dios sea reconocido en los demás.
* La autora es Master en Educación.