Jorge Salaverry*
El gran poeta inglés, norteamericano de nacimiento, T.S. Eliot, decía que el gran sueño de los utopistas es inventar y construir un sistema social tan perfecto, que haga innecesario que el hombre sea bueno. Esa aguda observación de Eliot la he tenido muy presente en estos días de Navidad, cuando celebramos el natalicio del Salvador del mundo.
A veces pienso que los hombres nos esforzamos, consciente o inconscientemente, para hacer inútil el acontecimiento más grande de la Historia: la encarnación de la Divinidad, que es precisamente lo que celebramos en esta noche que con gran acierto llamamos Nochebuena. Porque, ¿qué sentido tendría el misterio de la Encarnación, si el hombre, a través de la creación de instituciones cada vez más sofisticadas y perfectas, tuviese la capacidad de salvarse a sí mismo? Y aunque sabemos que eso no es posible, no cesamos de intentarlo.
Creemos que las instituciones son suficientes para salvarnos. De ahí la obstinación de algunos de crearlas con profusión, olvidando que éstas se vuelven totalmente inútiles si no hay personas con la formación moral adecuada que las vivifiquen y las sustenten. No quiero dejar la idea de que estoy proponiendo una sociedad sin instituciones. Esa es una utopía anarquista que está muy lejos de mi manera de pensar. Las instituciones y las leyes son necesarias, pero no son suficientes.
El famoso pensador liberal inglés del siglo diecinueve, Lord Acton, muy conocido por su frase “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, decía también lo siguiente: “Ninguna nación puede ser libre sin religión. La religión crea y fortalece la noción del deber. Si los hombres no son rectos por el deber, deben serlo por temor. Mientras más controlados estén por el temor, menos libres serán. Mientras más grande sea la fuerza del deber, mayor será la libertad”.
Las leyes son necesarias para disuadir el mal y para castigar al que lo hace, pero resultan innecesarias para la persona virtuosa o religiosa. Es distinta la actitud de quien al pasar frente a una escuela baja la velocidad por miedo a ser multado, de la del que la reduce por amor y respeto a la integridad física de los niños. Sólo del segundo puede decirse que actúa con un verdadero sentido moral.
La virtud, de acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, “es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas”. Y si bien es cierto que las virtudes morales crecen con la educación, es necesaria la gracia divina para vivificarlas y elevarlas. Esa convicción es la que hacía que San Agustín pudiera decir con plena seguridad: “Ama a Dios, y haz lo que quieras”. El obispo de Hipona estaba consciente de que quien ama a Dios sobre todas las cosas, tiende siempre a hacer el bien.
Y quien nos da la gracia para inclinarnos regularmente hacia el bien es el que nace esta noche y permanece entre nosotros. El acontecimiento de la Navidad es la manifestación sublime del amor de Dios por los hombres, de su decisión de hacerse uno como nosotros y entre nosotros para compartir nuestra vida, nuestros proyectos, nuestras preocupaciones y nuestras alegrías. Si no creemos en eso, despojamos la Navidad de su verdadero sentido y nos perdemos de lo esencial.
Porque los arbolitos, las cenas y los regalos, aunque son una parte hermosa y sana de la festividad, no son lo esencial. Lo verdaderamente esencial es el acontecimiento que, como dice Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, “nos grita que Dios nos ama, que Dios es amor”. No dejemos pasar esta Navidad sin meditar en ello y sin pedirle a ese Niño que hoy nace que nos haga comprender la trascendencia de ese hecho, no sólo en nuestra vida personal sino en la vida de nuestra nación.
Lord Acton tenía razón: “Ninguna nación puede ser libre sin religión”. Y religión no significa otra cosa más que religar al hombre con Dios. Y no olvidemos que el Niño que nace esta noche y que permanece entre nosotros, es el que hace posible esa reunión para que todos nuestros esfuerzos, incluyendo las instituciones que creemos, no se tornen estériles, sino que cobren vida y sirvan para el bien de la sociedad.
* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la Universidad Thomas More.
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