Silvio Avilés Gallo
Cuando celebramos una fiesta importante, hay todo un período de preparación en que nos esforzamos por arreglar hasta el último detalle para que todo sea un éxito. Si esto lo hacemos para las celebraciones corrientes, con mucho más razón deberíamos empeñarnos en preparar el día grande por excelencia: la conmemoración de la fiesta del amor, de la paz, de la humildad, del desprendimiento, de la solidaridad, en una palabra, la Natividad del Señor. Por ello, la Iglesia, siguiendo el consejo de Juan el Bautista, prepara con gran solemnidad los caminos del adviento que conducen a la Nochebuena. Es un período de penitencia, de oración, de limpieza interior para poner nuestra casa espiritual en orden a fin de que cuando llegue el “Cumpleañero” todo esté impecable y listo para brindarle un gran recibimiento.
La Navidad nos recuerda la mejor época de nuestras vidas. Como en una antigua película pasan por nuestras mentes añoranzas de tiempos felices en que revivimos episodios de nuestra niñez: rememoramos con nostalgia la inocencia de nuestra infancia, llena de ilusiones, de pureza, de autenticidad sin dobleces, en que esperábamos con ansiedad la llegada del Niño Dios; la alegría de reunirnos en familia con nuestros padres, los abuelos, los tíos, los primos, los amigos, en una algarabía que se prolongaba hasta el Año Nuevo…
Pero de pronto volvemos a la realidad de este tercer milenio y a la vorágine de la vida moderna, a la locura de los centros comerciales atestados de frenéticos clientes preocupados de gastarse hasta el último centavo para comprar regalos costosísimos, en un ambiente saturado de luces y adornos, música y tradiciones ajenas a nuestra idiosincrasia en que todo parece un cuento de hadas, en contraposición con la dura realidad de los problemas de tanta gente que se debate en el desempleo, la enfermedad, la pobreza, la soledad, el abandono. Parece que vivimos en una burbuja artificial donde el lema es el despilfarro, el egoísmo, la falta de amor, la indiferencia, donde hay un ambiente de fiesta pero no sabemos muy bien qué o a quién celebramos, porque el supuesto festejado está ausente de nuestros corazones, no tiene cabida en nuestros pensamientos.
La Navidad es ciertamente el tiempo más alegre del año. Pero esa alegría nada tiene que ver con compras desenfrenadas, carreras alocadas, competencia por obsequiar el regalo más caro. Debe ser tiempo de alegría porque recordamos el nacimiento de Jesús, porque nos reunimos con nuestras familias a dar gracias por tantos favores recibidos, porque recordamos, a la vez con pena y alegría, a nuestros seres idos, porque damos rienda suelta al amor que nos une y nos vincula a Dios. La Navidad debe ser tiempo de inventario, de ordenar nuestras vidas, de limpiar nuestras almas de todo aquello que nos causa tristeza, de destacar lo positivo y deshacernos de los lastres que atan los pies del corazón y no nos dejan avanzar. Pero la Navidad es sobre todo tiempo de compartir, de hacer un alto para talar los gigantescos árboles del egoísmo que nos impiden ver el esplendoroso bosque del amor solidario, de pensar primero en los demás, de engavetar el “yo” para liberar el “vosotros”.
Ciertamente, la Navidad es época de compartir. Compartir amor, olvidar rencores, perdonar injurias, abrazar al hermano distanciado, sonreír al que hace mucho tiempo olvidó la alegría, socorrer al desvalido, regalar esperanza al que vive en la noche profunda de la depresión, visitar al que languidece en el calabozo oscuro de la soledad, socorrer al desvalido, compartir el pan con el que tiene hambre, infundir fe en quien no cree ya en la aurora, entregarnos desinteresadamente a los demás sin esperar retribución a cambio.
Vivir la Navidad es revivir en nuestros corazones el espíritu de Belén, es ciertamente recibir y compartir amor, o lo que es lo mismo, recibir a Jesús y compartir ese tesoro entre nosotros.
El autor es diplomático nicaragüense.