Reflexiones acerca del quórum

José Joaquín Quadra C.opinion@laprensa,com.ni

Siempre tengo presente las lecciones que

a través de las tertulias familiares nos diera mi padre. Bien afirma el Dr. Edgardo Buitrago: “Carlos Cuadra Pasos, fue Maestro en todos los momentos de su vida, en el Parlamento, en la política, el hogar, en el aula universitaria, asambleas internacionales, hasta en los trenes, maestros de tiempo completo, como se dice en la universidad”.

Es así que ahora que leemos la firma de un Pacto de Caballeros entre los Magistrados del Consejo Supremo Electoral, para asegurar el cumplimiento que se supone ya adquirieron con el pueblo al ser juramentados en sus cargos, nos recuerda algunos episodios de nuestra historia que mi padre nos señalaba.

Por desgracia, Nicaragua después de su Independencia se vio envuelta en varias guerras intestinas.

Esta lamentable situación la aprovecharon algunos diputados al Congreso Federal para intrigar a fin de que el Partido de Nicoya fuera agregado temporalmente a Costa Rica. Así se hizo por decreto del 9 de diciembre de 1825, cuando precisamente los diputados de Nicaragua en aquel Congreso estaban ausentes.

La agregación era temporal y a manera de un depósito, mientras se practicaba la demarcación de los Estados. Pero esto no se hizo nunca, porque el Congreso y la Federación se disolvieron sin haberlo efectuado; no obstante eso, el Partido de Nicoya permaneció de hecho agregado a Costa Rica.

Nicaragua se debatía entre el desborde, la anarquía y los deseos y esfuerzos de normalizar y pacificar el país con un nuevo orden jurídico.

En los esfuerzos y pasos dados por don Fruto Chamorro, gobernante de turno, nos encontramos con datos curiosos de la necesidad de quórum para efectuar una constituyente.

Necesitando Nicaragua una nueva Constitución; se reunió la Constituyente del año 1848; pero hubo de disolverse por intriga de una parte de sus propios diputados. No que se rechazaba la reforma pues todos seguían acorde con que era necesaria, sino que al mismo tiempo se luchaba por predominios locales; el interés del militarismo imperante se hallaba de por medio, y el partido occidental quería una Constitución que respondiese a su predominio.

Fruto Chamorro estaba impregnado de la necesidad de la reforma; y de allí que uno de sus primeros actos fuese darle curso al decreto de convocatoria de una Asamblea Constituyente. Hízolo el 16 de mayo de 1853 y a su tiempo se verificaron las elecciones en el mayor orden y libertad, lo que hizo posible que resultaran electos muchos opositores del gobierno.

Pero, surgieron dificultades para reunir la Asamblea en la fecha señalada, y ésta hubo de posponerse dos veces. La única tardanza consistía en que algunos de los electos no querían darse la incomodidad de ir a Managua; había peligro que sucediera lo de 1848, que no pudo haber constitución por la ausencia de algunos representantes, en vano se les exhorto entonces, en vano los secretarios de las juntas preparatorias pidieron el Poder Ejecutivo, “de acuerdo con las leyes”, que se emplearan medios coercitivos para hacerlos concurrir. Pero Fruto Chamorro no era hombre para dejarse burlar así como quiera. En La Gaceta –informa el ministro Borland a su gobierno– lanzó una proclama en que advertía a los renuentes que serían ayudados a ponerse en camino por una escolta militar.

Esto por otra parte, no era una novedad. En Squier leemos que el supremo director José Guerrero obligó a los diputados leoneses, del modo más pintoresco, a trasladarse a Managua y completar el quórum de la Asamblea. El licenciado Z., y el médico J., se excusaban de ir a Managua, el uno por enfermo y el otro por falta de caballo y viático. Guerrero mandó un oficial con escolta a participarle al primero que tenía a la orden, frente a su casa, una carreta de bueyes con buenos colchones de paja, y un médico que cuidaría de su salud, al otro le proporcionó un buen caballo y medio dólar para los gastos y ambos fueron advertidos que sólo tendrían tres minutos para partir, vivos o muertos. Inútil es decir, agrega Squier, que el enfermo curó instantáneamente y emprendió el camino con su colega.

A más de 150 años estamos viviendo las mismas tristes historias.

¿Qué hacemos para aprender de las lecciones del pasado?.

El autor es historiador  

Editorial
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