A repartir caramelos

José Antonio Zarraluqui

En nablus, nada más saberse que el ataque contra las Torres Gemelas en New York había sido todo un éxito, por miles salieron los palestinos a la calle a celebrar el acontecimiento. Y, en lo que es una bonita manera tradicional que tienen de manifestar su júbilo, hubo reparto de caramelos.

También hubo quien apuntó el AK-47 o la escopeta recortada al cielo y disparó mientras le quedó munición. Ya esto ni fue tan agradable ni se vio tan necesario.

En cualquier caso, no parece que ninguna de esas dos modalidades de mostrar contentura le vaya a granjear muchas simpatías al sufrido pueblo palestino y, sí es posible, por el contrario, que cualquiera de las dos le haya proporcionado una victoria al inefable Ariel Sharon, que se ve ganando una batalla sin esperárselo, en medio de tanta destrucción y sin que su ejército disparara un tiro.

El ataque coordinado contra los símbolos del poderío americano, los centros neurálgicos económico, militar y político —con el avión secuestrado que no llegó al destino de los terroristas— dejó en evidencia que “la ciudadela imperialista” es vulnerable. Y los festejantes de Nablus no consideraron que entre las víctimas pudiera haber inocentes —aunque por supuesto la inmensísima mayoría, si no la totalidad, eran personas inocentes—. Así lo decían esos palestinos fanáticos con sus carteles y de viva voz. “Los americanos que mueran también”. “No hay civiles ni en América ni en Israel. Todos forman parte del ejército contra los árabes, los musulmanes y, en especial, los palestinos”.

Curiosamente, eso se parece a lo que el grandísimo y nuevo profeta del terror Ossama Bin Laden dejó dicho en el programa Nigthline, de la cadena ABC, en junio de 1998: “Creemos que los mayores ladrones y terroristas del mundo son los americanos. Y la única manera que tenemos de defendernos de ellos es empleando sus métodos. Nos negamos a distinguir entre los que visten uniforme militar y los que van de civil. Todos son objetivos de la fatwa”. Es decir, ahí quedaron comprendidos niños y adultos, hombres y mujeres, blancos y negros y mezclas y amarillos, ateos y cristianos y budistas y judíos y mahometanos.

Lo que para el mundo libre se evidencia como más grave no es el extremismo de los islamistas, los de la cúpula o los de abajo, sino la burla descarada que hicieron —los primeros antes de la serie de atentados, y los segundos después— de los esquemas preventivos y defensivos de las instituciones encargadas de la seguridad de los Estados Unidos. ¿Cuándo fue que esos esquemas preventivos y defensivos se fueron a bolina? Durante el mandato de Jimmy Carter.

El entonces presidente Carter explicaba que no era necesario “tener tantas prevenciones contra el totalitarismo, o el comunismo”. Y determinó que infiltrar a las bandas mafiosas, narcotraficantes y terroristas era una práctica inmoral. “Porque además”, aducía, “¿de qué nos sirve poseer la tecnología más avanzada del mundo? Usémosla. Con los satélites nos podemos enterar de todo”. Como resultado, se ordenó la retirada de todos los infiltrados en todas las bandas mafiosas, narcotraficantes y terroristas. Después vino la prohibición de que la CIA liquidara a terroristas en el exterior. Y durante el decenio pasado se hizo tan exigente el proceso de contratar espías, que prácticamente nadie con secretos interesantes podía ser incorporado a la nómina de los servicios secretos.

Y comenta ahora Félix Ismael Rodríguez, ex agente de la CIA, que nos quedamos sin capacidad operativa. Los satélites son inmejorables para detectar movimientos de tropas y de máquinas de guerra. Los ingenios de escucha son para enterarse de lo que hablan personas cualesquiera por teléfono. Pero ¿y qué si no hablan por teléfono, sino que se reúnen discretamente en un bar para ajustar conspiraciones? ¿Y qué satélite puede escanear lo que tiene un loco terrorista en el cerebro? No tenemos infiltrados y, por lo tanto, no podemos saber.

El mayor atentado terrorista no contra los Estados Unidos, sino de la historia universal y contra la civilización, probablemente marque un hasta hoy y un desde mañana, aquí. El presidente George W. Bush nos dijo, a modo de consuelo, que pagarán por ello no sólo los comisores directos de los horrores —que por otra parte se quitaron la vida motu proprio, no sé qué otro castigo se les podría aplicar—, sino los amparadores de los comisores de los horrores.

Pues muy bien. Vamos a ver a cómo tocamos en el reparto de caramelos que se avecina. (FIRMAS PRESS)

El autor es escritor cubano. Editor de mesa de EL NUEVO HERALD, de Miami.  

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